Ramiro Pinto: huelga de hambre por la dignidad de los parados

José A. Pérez - ATTAC Madrid

El sentido de la dignidad es, en España, una rara avis, un elemento escaso. Las noticias que  difunden los medios de comunicación son, si cabe, cada vez más vomitivas. En medio de este panorama de ignominia, el ciudadano Ramiro Pinto Cañón se ha declarado en huelga de hambre para reivindicar la dignidad de los desempleados.
En verano, acostumbro a huir algunas semanas a Francia por razones varias, entre ellas el hecho de que la naturaleza otorga mayor verdor y frescura a sus montañas. También, por el descanso que proporciona no escuchar o leer en los medios las cínicas declaraciones de la clase o casta política nacional. Y además, por la tranquilidad que me aporta saber que cualquier trabajador que me atienda en un supermercado o una gasolinera tiene garantizado un salario mínimo superior a 1.500 €. Sin olvidar que el dinero de mi magra pensión que gasto en estos establecimientos, aunque no cambia el mundo, al menos no va a parar a los bolsillos de empresarios pertenecientes a la CEOE.
Apenas regresado a esta triste España sin ventura, que diría Juan del Encina, asolada por la indignidad de sus dirigentes a todos los niveles, tuve conocimiento de que el ciudadano Ramiro Pinto Cañón se encontraba en plena huelga de hambre. Acto de protesta que había iniciado el 15 de julio frente a la Dirección Provincial del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, en la ciudad de León. Las razones las explica en un manifiesto del que resalto  algunos párrafos:
[...] La burocracia tritura cualquier acción individual. Está diseñada en el tema del empleo para ser una agresión permanente al desempleado con actitudes sádicas de quitar lo mínimo que puede adquirir una persona para sobrevivir, que le desahucian cuando no puede pagar y embargan sus cuentas, de manera que se aplica una actuación cínica en tanto se quieren ahorrar prestaciones necesarias para la supervivencia, a la vez que se mantienen proyectos y gastos suntuosos. El resultado es una política contra los desempleados y no contra el desempleo, criminalizando a quienes reciben las prestaciones sociales, en un contexto en el que el paro se extiende a la vez que el empleo se hace cada vez más precario.
[...] He comprobado como se atemoriza, se humilla, se desprecia, se chantajea y se quita lo poco que tiene a quienes disponen de menos capacidad adquisitiva. Millones de personas padecemos a diario el dolor y el sufrimiento que genera esta política. Y todo ello sin una respuesta social, necesaria para evitar que continúe.
[...] Espero que sirva de punto de apoyo para una reacción colectiva cuyo objetivo es establecer la supervivencia como un derecho inalienable, de manera que toda persona sin empleo no se quede sin una prestación y que se mida sobre el umbral de la pobreza. Esta es la meta. Hasta la victoria final, siempre.
[...] La agresión a los desempleados sin embargo rompe el marco de lo legal, pues se hace con la ley misma y destruye a miles de personas mediante una violencia sistemática ejercida desde la ley, lo cual no se puede consentir bajo ningún concepto ni por más tiempo. Es necesaria la respuesta en legítima defensa. Y planteo un acción pacífica, contumaz y persistente hasta el cumplimiento de los objetivos haciendo una llamada de atención al conjunto de la sociedad para que no sea cómplice de esta situación degradante e indigna, pero que no degrada a quien padece tal situación, como se quiere hacer creer a quienes sufren sus consecuencias, sino a la sociedad que lo consiente y en la que sucede con toda impunidad.
[...] Mi profundo convencimiento del pacifismo me lleva a usar una herramienta desde la no-violencia para luchar contra las injusticias, haciendo que se hagan visibles el daño ejercido desde el Estado, para que en su crudeza una parte de la sociedad reaccione y hacer desaparecer lo que oprime a millones de personas, para por otra parte mantener los privilegios de quienes se llevan el dinero pública para rescates bancarios, inversiones que llevan el dinero público a los inversores de empresas privadas, o sueldos de lujo para quienes propician este estado de cosas injusto.
Tengo el honor de conocer personalmente al ciudadano Ramiro Pinto, con el que he coincidido en distintos momentos en la defensa de la Renta Básica de Ciudadanía. Ahora, a su larga trayectoria de activismo, Ramiro agrega esa huelga de hambre, una de las máximas expresiones de ese “derecho a sufrir” en el que tratadistas de la desobediencia civil encuentran una fuente de legitimidad para los actos de protesta no-violenta cuyos efectos recaen sobre la persona que los protagoniza.
Enterado de que un grupo de Marchas de la Dignidad 22M organizaba un viaje a León para participar en una concentración de apoyo a Ramiro Pinto me puse en contacto con ellos. Y desde aquí les agradezco que me admitieran entre el pasaje de una de las dos furgonetas alquiladas en las que, el 25 de julio, viajamos los participantes en esta acción solidaria. Un grupo de personas en edad madura, cargado cada cual con el drama de su circunstancia personal en el paro: desahucio de sus viviendas, rupturas conyugales y, sobre todo, estrecheces económicas extremas. Hasta el punto de que había quien, pese a contar con una excelente forma física, no podía llevar a cabo su ilusión de realizar el Camino de Santiago porque, aunque caminar es gratis y los albergues tienen un precio simbólico, ni siquiera para ello alcanzaba su peculio.
Una vez en León, pude saludar al huelguista Ramiro, tan cansado como animoso, y participar en el acto solidario del que el siguiente video recoge algunos momentos:
Durante el regreso a Madrid, en la madrugada del sábado, los medios de comunicación difundían la última (last but not the least) noticia vomitiva: ya saben, la confesión del despreciable personaje que durante décadas se nos presentaba como gran ejemplo del seny catalán y de honorable gobernante que se atrevía a lanzar moralinas contra tirios y troyanos. “No hay pan para tanto chorizo”, se grita en las manifestaciones. Pero la realidad es que no hay pan para los desempleados debido al latrocinio continuado de los chorizos que han ocupado las más altas instancias del país. Y cuyos nombres no escribo aquí para no contaminar la dignidad de este pequeño grupo de gente cuya compañía me brindó refugio frente a tanta indignidad nacional.
Dejo asimismo constancia de otra feliz coincidencia. Al volante de la furgoneta en la que viajé se encontraba Ernesto Sarabia, ex dirigente de USO al que conocí, hace décadas, con motivo de la entrega del Certamen Sindical 1º de Mayo, convocado por ese sindicato, en 1997, en el que mi trabajo Política para los muertos civiles obtuvo el primer premio. ¿Saben de qué trataba esta obra? Del agotamiento de ese artificio llamado empleo, a través del cual el capitalismo desnaturaliza la capacidad del trabajo humano. Y de la necesidad de establecer esa Renta Básica de Ciudadanía a la que en repetidos artículos me he referido en este blog.
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Pinto abandonó la huelga de hambre el 30 de julio.
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