Se cierra la trampa

5 febrero 2014
Jose Antonio Cerrillo — ATTAC Sevilla

Según un estudio reciente “casi la mitad de los jóvenes aceptaría cualquier empleo sin importar el salario”(1). Leo por otro lado que “Interior rebaja ahora las pruebas para ser vigilante de seguridad”(2), una noticia que ha dado menos que hablar que la anterior, pero que en mi opinión es igualmente grave. No sólo es que los Botín y Amancio Ortega de este mundo van a poder conformar su propio ejército privado con las mismas competencias que la policía, gracias a la nueva ley de seguridad ciudadana. Además tendrán a miles de jóvenes dispuestos a alistarse con tal de poner un plato en la mesa. Cada noticia por separado golpea con la fuerza de un gancho al mentón. Las dos juntas son como el mortal abrazo de un cepo alrededor de nuestros cuellos. En efecto, la trampa se cierra.
Uno de los más persistentes mitos políticos de nuestras sociedades afirma que una persona, grupo o sociedad que se empobrece hasta límites extremos es peligrosa para los poderosos, porque una vez no tiene nada que perder está dispuesta a todo. Mentira. Siempre se puede perder algo, la vida propia y la de tus seres queridos para empezar. Si fuese verdad África, forzada a la miseria más ignominiosa desde hace siglos, estaría llena de revolucionarios. Pero no lo está. ¿Saben lo que sin embargo abunda en África? Los señores de la guerra. Hombres poderosos con ejércitos a sus órdenes, que explotan en beneficio propio regiones enteras aprovechándose de la debilidad de los estados africanos, incapaces de proteger la integridad de sus territorios. Son monstruos responsables de miles de asesinatos y violaciones, saqueo de las propiedades particulares y los recursos colectivos, y que han provocado el desplazamiento de millones de personas desde sus regiones de origen. ¿Saben de dónde vienen los soldados que componen sus ejércitos? Casi siempre de las mismas zonas que estos caudillos desvalijan, o de otras aledañas. Son tan pobres y desesperados como sus futuras víctimas. La diferencia es que un día el Señor de la Guerra o uno de sus emisarios les puso un arma en la mano y les dijo: “todo lo que seas capaz de rapiñar, será para ti”. Y dado que para la inmensa mayoría es mejor ser verdugo que víctima, aceptan el trato.
Recuerdo también las palabras del gran historiador Eric Hobsbawm, en su análisis de la mafia: “En cualquier sociedad con la terrible pobreza y la opresión sin límite de los sicilianos, hay una amplia reserva potencial de matones como la hay de prostitutas”(3). O la conversación interceptada a dos gánsteres napolitanos que abre “Gomorra”, el apabullante ensayo de Roberto Saviano sobre la Camorra: “la gente es escoria, y debe seguir siendo escoria”(4). O la frase que Martin Scorsese pone en los labios de uno de los acaudalados burgueses que aparecen en su película “Gangs of New York”: “Siempre se puede comprar a la mitad de los pobres para matar a la otra mitad”.
En realidad ha sido así desde que existen las desigualdades y las clases sociales. Los poderosos mantienen a la inmensa mayoría de la sociedad en condiciones tan miserables cómo es posible. No sólo para apropiarse de su trabajo en condiciones ventajosas, sino porque hacerlo garantiza su propio dominio. Porque así se aseguran tener a su disposición un caudal casi inagotable de brazos fuertes para mantener sus ejércitos y policías, públicas o privadas. Ejércitos y policías que se encargarán de mantener el orden establecido por la fuerza o la amenaza de su uso. Y así se divide a las clases oprimidas: una parte sometida y la otra parte siendo el instrumento de su sumisión, con la alegría no sólo de no tener la bota encima, sino de poder recibir las migajas del poderoso, de formar una pequeña parte de su gloria.
No hay pues mayor misterio en la tenaz persistencia histórica de las desigualdades: consiste en una simple mezcla de represión, miedo y deseo de escapar de la miseria, de palos y zanahorias. Por eso los poderosos siempre han insistido en dividirnos y los movimientos populares en la necesidad de estar juntos. Y a eso es a lo que quieren devolvernos, tras un siglo de lentos pero decisivos progresos. Eso es de lo que se trataba esta crisis. Primero nos empobrecen tanto como pueden, tanto que estemos obligados a aceptar cualquier trabajo. Por ejemplo, ser matón a sueldo de los que nos empobrecen. Y pones todas las facilidades legales para que una cosa lleve a la otra con la mayor naturalidad. Y ya está, la trampa se cierra alrededor de todos nosotros…
¿Qué nos queda? Gamonal y la Marea Blanca. En otras palabras, esperanza.
Notas
(1) http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/09/actualidad/1389273110_675496.html
(2) http://vozpopuli.com/actualidad/36862-interior-rebaja-ahora-las-pruebas-para-ser-vigilante-de-seguridad-y-poder-realizar-detenciones
(3)Hobsbawm, Eric (1983), Rebeldes Primitivos. Barcelona, Ariel, pag. 66.
(4)Citado en Saviano, Roberto (2006), Gomorra. Barcelona, Random House Mondadori, pag. 9.
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