TTIP y transgénicos


Objetivo: abrir los mercados europeos a unos cultivos que generan gran controversia y riesgo.

Fuente: Isabel Bermejo, Tom Kucharz y Luis Rico, Ecologistas en Acción. Revista El Ecologista nº 84.

Aunque algunos negociadores europeos afirmen lo contrario, abrir los mercados europeos a las exportaciones estadounidenses de transgénicos es uno de los objetivos de las negociaciones de la Asociación Transatlántica sobre Comercio e Inversiones (TTIP). Hasta ahora, un proceso más riguroso y lento de autorización en la Unión Europea (UE) ha supuesto la pérdida de un importante mercado para las exportaciones agrícolas más importantes de EE UU, la soja y el maíz. Por eso el potente ‘lobby’ de la agro-industria exportadora presiona en Bruselas para que se relajen las normas europeas, abriendo la puerta a la entrada de alimentos transgénicos no autorizados en la UE.


Las trabas a la entrada de maíz y soja transgénicos no autorizados en Europa supusieron un duro golpe para las exportaciones estadounidenses. EE UU vende en los mercados mundiales más del 40% de su producción total de soja, principal exportación agrícola de este país, y del 20% del maíz, su segunda exportación agrícola (ver figura 1) [1]. No por casualidad, la expansión de variedades transgénicas en EE UU a partir de 1995 coincidió con una reducción drástica de sus ventas a la UE. A partir de ese año las importaciones europeas de maíz estadounidense cayeron en picado, y EE UU pasó de ser el principal proveedor europeo de soja a ocupar un puesto secundario, muy por detrás de Brasil y de Argentina (ver figura 2). Indudablemente, la expansión del agro-negocio sojero en estos países y su desembarco en los mercados internacionales influyó decisivamente en esta evolución de las importaciones comunitarias. Pero el plante de los consumidores europeos y la no autorización en la UE de variedades transgénicas permitidas en EE UU fue un factor determinante en este relevo [2].
Figura 1: Principales exportaciones e importaciones agrícolas de EE UU (2012)
Fuente: [1]
Figura 2: valor (en miles de euros) de las principales importaciones agrícolas europeas según origen (2012)
Fuente: [3]

Un proceso de autorización a la medida de la industria

La regulación (o falta de regulación) del proceso de liberación de transgénicos en EE UU se remonta a mediados de los 80, y no responde a la necesidad de proteger el medio ambiente y la salud, sino de allanar el camino para el desarrollo de una industria biotecnológica que iniciaba entonces su despegue [4]. De hecho, la normativa adoptada partía del supuesto de que los cultivos modificados genéticamente (OMG) son sustancialmente equivalentes a los mejorados mediante técnicas convencionales, por lo que su entrada en la cadena alimentaria no requiere una regulación específica. Las responsabilidades de evaluación y seguimiento se reparten entre varias agencias federales.

La Food and Drug Administration (Administración de Alimentos y Fármacos, FDA), abiertamente protransgénicos, es la encargada de garantizar la seguridad de los productos procedentes de organismos modificados genéticamente (OMG) con destino alimentario, mediante un procedimiento de consulta voluntario. El carácter voluntario de este proceso hace que el papel de la FDA sea puramente testimonial: ni siquiera puede exigir información adicional si los estudios de riesgos aportados por el solicitante de una autorización le parecen insuficientes o inadecuados. Y puesto que se han declarado sustancialmente equivalentes, los alimentos transgénicos tampoco requieren etiquetado, aunque varios Estados han aprobado normativa exigiéndolo muy recientemente.

Un mero trámite, sin garantías
La típica carta de la FDA anunciando al solicitante la conclusión del proceso de evaluación de un alimento transgénico incluye párrafos como el siguiente: “Basándose en la evaluación nutricional y de seguridad realizada [por Monsanto], esta Agencia entiende que Monsanto ha llegado a la conclusión de que el grano y el forraje de maíz derivados de la nueva variedad no son materialmente diferentes en su composición, seguridad u otros parámetros relevantes, del grano y el forraje comercializados actualmente, y que no plantean cuestiones que requieran una revisión o aprobación de la FDA previa a su salida al mercado.”
Fuente: Carta de la FDA a Monsanto de 25 de septiembre de 1996 [5].

El Servicio de Inspección Sanitaria Animal y Vegetal (APHIS) del Departamento de Agricultura (USDA), que tiene encomendada la protección de la agricultura frente a posibles plagas, supervisa los ensayos con plantas transgénicas. Si considera satisfactorios los resultados de estas pruebas (es decir, que no constituyen una plaga para los cultivos), procede a autorizar su siembra a escala comercial. La Agencia de Medio Ambiente (EPA) no interviene en la evaluación de los cultivos OMG salvo que se trate de plantas insecticidas, en cuyo caso le compete únicamente evaluar las toxinas producidas por el cultivo.

El proceso europeo de autorización de OMG (tanto con destino alimentario como para siembra) es más exhaustivo y estricto, aunque dista mucho de ser satisfactorio, entre otras razones porque la evaluación de riesgos se basa en los estudios realizados por la propia industria. La complejidad del procedimiento, en el que intervienen la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la Comisión Europea y los Estados miembros, supone que en ocasiones la aprobación de un producto puede tardar años, o sencillamente no aprobarse. Debido a ello, el número de OMG autorizados en Europa es mucho menor que en EE UU, lo que constituye un problema para las exportaciones de este país. En 2004 EE UU denunció la regulación europea ante la Organización Mundial del Comercio, alegando que constituía un “obstáculo al comercio”, y actualmente presiona en el TTIP para su modificación.

El TTIP, o cómo hacernos tragar los transgénicos que no queremos

Pese a las constantes presiones estadounidenses para que el TTIP permita relajar los estándares de la UE sobre OMG [6], los negociadores europeos aseguran que no van a renunciar a unas normas europeas que garantizan la seguridad de los transgénicos. En su discurso omiten que la armonización normativa que persigue el TTIP no se cerraría con la firma de este, sino que abriría un proceso de permanente revisión de la legislación europea por parte de EE UU y del Órgano de Cooperación Regulatoria, creado expresamente para que las “partes interesadas”, como los lobbies agroindustriales, puedan revisar la legislación y recomendar cambios en el futuro. No en vano, ha sido precisamente este sector el que más reuniones ha mantenido sobre el TTIP con la Dirección General de Comercio Europea [7].

Otro aspecto no mencionado por los negociadores, es que las normas europeas también tienen sus coladeros, que el TTIP pretende perpetuar, y que pequeños cambios en cómo se aplica la regulación serían suficientes para conseguir la deseada apertura del mercado a las importaciones estadounidenses. Por ejemplo, un informe confidencial de comité científico del Parlamento alemán alertaba recientemente de que el TTIP podría obligar al país a renunciar a su pretensión de ampliar a los piensos el etiquetado de productos transgénicos [8]. Y bastaría con cambiar el criterio de tolerancia cero de OMG no autorizados en las importaciones, para que pudieran entrar grandes partidas de maíz y de soja estadounidense sin que la industria exportadora se preocupe por su posible contaminación por transgénicos no permitidos en la UE. De hecho, una herramienta que baraja el Tratado para facilitar el comercio es el “reconocimiento mutuo”, por el cual un producto aprobado en su país de origen sería automáticamente apto para la importación por el resto de países firmantes.
En cuanto al cultivo de OMG en Europa, la Comisión Europea es consciente de que podría resultar un tanto escandaloso pretender grandes cambios a corto plazo en la normativa europea de liberación de transgénicos. Sin embargo, este proceso podría modificarse, por ejemplo, para otorgar más protagonismo a la EFSA, con vínculos demostrados con la industria biotecnológica [9]. De hecho, en paralelo a las negociaciones del TTIP, la regulación europea ha sido modificada para agilizar las autorizaciones, evitando que aquellos países que reclaman una evaluación más rigurosa actúen de freno con sus objeciones... a cambio de permitirles prohibir el cultivo a nivel nacional.

A su vez, las denominadas “medidas sanitarias y fitosanitarias” del TTIP podrían obligar a la UE, como ha pedido el Secretario de Agricultura de EE UU, a cambiar los criterios de evaluación de los alimentos transgénicos, renunciando al principio de precaución aplicado (en teoría al menos) en la UE. Y no menos importante, de incluirse el Mecanismo de Solución de Diferencias entre Inversores y Estados [10], el TTIP permitiría a las transnacionales de la biotecnología litigar contra las prohibiciones nacionales de transgénicos, y contra las declaraciones locales o regionales de Zonas Libres de Transgénicos, reclamando indemnizaciones millonarias por supuesto “lucro cesante” (léase “pérdidas del negocio esperado”).

Transgénicos en EE UU: la expansión de las superplagas

En la actualidad existen 181 eventos OMG autorizados en EE UU, comparado con un total de 73 en la Unión Europea [11]. Sin embargo, más allá de estas cifras existe una diferencia extraordinariamente trascendente entre ambos territorios: mientras que en EE UU la mayor parte de la superficie de los principales cultivos (soja y maíz especialmente) es transgénica desde hace años, el único país europeo donde se cultivan variedades OMG en un superficie significativa es España [12].
La siembra de enormes extensiones con características similares (resistencia a herbicidas o a insectos considerados plaga) en EE UU ha provocado una catástrofe anunciada: la aparición de superplagas.

 Superplagas invasoras en EE UU
- 14 malas hierbas resistentes al glifosato (el principal herbicida utilizado en los campos transgénicos) infestan ya más de 25 millones de hectáreas en EE UU; algunas son resistentes a varios herbicidas [13].
- 7 de las 13 principales plagas combatidas por los cultivos transgénicos se han hecho resistentes a la toxina insecticida [14].

Huida hacia delante: pesticidas más tóxicos y una nueva generación de transgénicos más peligrosa y menos regulada

Para incrementar su arsenal bélico frente a unas plagas cada vez más resistentes, una mayoría de las variedades OMG cultivadas actualmente en EE UU tienen varios rasgos transgénicos (tolerancia a varios herbicidas y/o producción de varias toxinas insecticidas), con un promedio de más de 3 rasgos en el caso del maíz. Los híbridos de maíz SmartStax, por ejemplo, tienen 8 rasgos OMG: 6 para la producción de toxinas insecticidas, y dos de tolerancia a herbicidas.

La incorporación de multitud de rasgos a un mismo cultivo incrementa el riesgo de que se produzcan efectos dañinos imprevistos. Sin embargo, la evaluación de los posibles efectos sobre la salud de las variedades con múltiples rasgos OMG es menos rigurosa aún que en aquellas con un solo carácter transgénico. La FDA considera que cada rasgo debe evaluarse individualmente, y que un cultivo con caracteres que han sido aprobados por separado debiera considerarse “seguro”. Pese a las posibles interacciones imprevistas derivadas de la inserción de varios genes, no parece existir ni un solo estudio que analice si las variedades con múltiples rasgos presentan riesgos nuevos o distintos [15].

Pero, además, la nueva generación de transgénicos cultivados en EE UU es tolerante a un cóctel de herbicidas que recurre crecientemente a pesticidas registrados hace décadas, con graves problemas de toxicidad. En septiembre 2014 el USDA dio luz verde a un maíz resistente al glifosato y al 2,4-D, un componente del agente naranja que dejó terribles secuelas en la guerra de Vietnam. Y en enero 2015 autorizaba el cultivo de algodón y de soja que tolera el dicamba, un organoclorado que empezó a utilizarse en los años 60 y que está asociado a un aumento del cáncer y de malformaciones congénitas en la población agrícola [16].

Y es que, como ocurre con los antibióticos, las soluciones químicas para eliminar las malas hierbas parecen estar agotándose: desde hace más de 20 años no ha aparecido ningún herbicida novedoso, ni parece que vaya a aparecer en un futuro próximo [17]. Se trata por tanto de una huida hacia delante que supone ahondar en un modelo suicida de agricultura, cuyas soluciones generan crecientes problemas y además se están agotando.

“Armonización” a la baja de la normativa sobre pesticidas

La espiral de dependencia en productos químicos crecientemente tóxicos asociada a los transgénicos exige una normativa cada vez más permisiva sobre pesticidas. No es de extrañar por tanto que la legislación europea sobre químicos se encuentre en el punto de mira de las negociaciones del TTIP. Cuando se autorizó la soja de Monsanto resistente al glifosato, también se incrementaron los límites máximos de residuos de este herbicida permitidos en los alimentos [18]. Y la industria está aprovechando las negociaciones del TTIP para aumentar los niveles de residuos de pesticidas admisibles, mucho más bajos en Europa. La “convergencia reguladora” que se quiere imponer a través del acuerdo significaría asimismo reducir las exigencias de protección ambiental y de salud de la legislación europea sobre químicos, que actualmente prohíbe 86 pesticidas permitidos en EE UU [19].

Abrir los mercados europeos a unos cultivos transgénicos cuya seguridad dista mucho de estar probada [20], rociados con cantidades crecientes de pesticidas tóxicos, supone una grave amenaza para los consumidores europeos. Y no nos engañemos: los grandes beneficiados de la armonización a la baja de las regulaciones no serían los agricultores estadounidenses, como afirman algunos documentos [1]. Los verdaderos ganadores serían los grandes exportadores y las compañías gigantes del sector agroalimentario, algunas de las cuales superan ya a las petroleras en cifras de negocio. Perderemos las personas consumidoras y la única agricultura que puede realmente alimentar al mundo: la agricultura campesina, local y de pequeña escala, para la que el TTIP representa un nuevo peligro [21].

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