Grecia ocupada

3 agosto 2015 |

Juan Francisco Martín Seco – Consejo Científico de ATTAC España

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Para entender adecuadamente lo que está ocurriendo en Grecia y, en general, en la UM, resulta imprescindible distinguir entre déficit público y déficit de la balanza de pagos, así como entre endeudamiento público y endeudamiento exterior, e incluso –dentro de este último– entre aquellos préstamos que están nominados o no en moneda extranjera. Sin embargo, estas distinciones apenas se tienen en cuenta.
La propia Unión Europea, imbuida del pensamiento neoliberal, tanto en el Tratado de Maastricht como en el Pacto de Estabilidad consideró que el peligro se encontraba en el déficit y en el endeudamiento público, olvidando el déficit y el endeudamiento exterior, sin ponderar que este ultimo puede no estar constituido, al menos en su totalidad, por el público sino también por el privado. La gravedad de uno y otro comienza cuando se formalizan en préstamos externos y en una moneda que no es la propia, y la gravedad aumenta si el telón de fondo es la libre circulación de capitales.
Recuerdo, recién licenciado, mis primeros años en el Servicio de Estudios del Banco de España, años setenta, coincidiendo con las llamadas crisis del petróleo que provocaron una enorme subida de precios de este producto y numerosos desequilibrios en las balanzas de pagos, con la excepcional acumulación de recursos en manos de los países productores. El profesor Rojo, entonces director general del Servicio de Estudios, veía el fenómeno con gran preocupación, anunciaba la parálisis del sistema financiero internacional y el colapso de los medios de pago, ya que parecía imposible reciclar toda esa ingente cantidad acumulada de dólares (petrodólares).
La solución que el ínclito profesor no era capaz de vislumbrar, parece que los agentes financieros no tardaron mucho en intuirla. Los países productores colocaron los recursos en la banca internacional y esta encontró pronto acomodo para ellos, prestándolos a los países subdesarrollados, principalmente de América Latina, con la complicidad de sus gobiernos en su mayoría corruptos.
Desde ese momento, y puesto que los créditos estaban nominados en dólares, los países quedaron a expensas de sus acreedores y de su máximo representante, el FMI, que les suministraba fondos de los que las sociedades no veían ni un dólar porque iban directamente a los bancos acreedores, aunque, eso sí, sufrían las graves consecuencias de las políticas que se les imponían siguiendo lo que se llamaba “el consenso de Washington”, en la línea más dura del neoliberalismo económico, incluida por supuesto la libre circulación de capitales. El resultado era la depresión económica, la huida de recursos y la necesidad de más y más endeudamiento.
El círculo vicioso se rompió tan solo cuando los acreedores llegaron al convencimiento de que era imposible que los deudores hiciesen frente a sus compromisos y que se precisaba un nuevo acuerdo que reorganizase la deuda, ya que mejor era cobrar algo que nada. La década perdida de América Latina es un claro ejemplo de cómo el endeudamiento exterior nominado en una moneda extranjera deteriora la soberanía de los Estados y los deja en manos de los acreedores internacionales o de aquellos poderes que ocupan su lugar.
La Unión Monetaria se constituyó sin tomar conciencia de que los desajustes en la balanza de pagos podían conducir a una situación parecida a la que vivió América Latina y que, por consiguiente, los límites no había que situarlos tanto en el déficit público como en el déficit y en el superávit por cuenta corriente de la balanza de pagos. En ambos, porque todo déficit comporta superávit y tan responsables deberían ser los países excedentarios como los deficitarios. En los primeros años del euro el peligro se fue transformando en realidad. Mientras que Alemania y algunos otros países del norte (Holanda, Bélgica, Finlandia, Luxemburgo, etc.) generaban excedentes, los del sur originaban déficits desproporcionados que se trasformaban en endeudamiento externo, en unos casos, como el de Grecia, público, en otros, como Irlanda o España, privado. Endeudamiento que no solo era externo sino en una moneda que si bien en teoría era la suya, en la práctica no podían controlar, tanto más dado el estatuto conferido al Banco Central Europeo.
Conviene insistir en esta idea. No son el déficit público ni el déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos, ni siquiera el endeudamiento exterior, sino el endeudamiento en una moneda que no se controla lo que hace perder soberanía a los Estados. El problema de Grecia y, en general, el de la mayoría de los países de la eurozona es que han trasferido soberanía a una institución (BCE) carente de cualquier principio democrático.
Ha sido el BCE, cortando el grifo a los bancos griegos (después se hablará de unidad bancaria), el que ha puesto de rodillas al Gobierno y a la sociedad griegos, dejando en papel mojado el referéndum. Pero en España ya habíamos experimentado hasta dónde puede llegar el chantaje del BCE cuando Jean-Claude Trichet, entonces presidente de esta institución, envió sendas cartas a los gobiernos de Italia y España imponiéndoles las medidas (por supuesto, de las más regresivas) que habían de adoptar si querían que actuase en los mercados defendiendo las deudas de ambos países. Capacidad que la institución posee tan solo porque los Estados se la han trasferido.
Los primeros años del euro fueron de euforia. Alemania y otros países del norte se encontraron en una situación de privilegio y pudieron incrementar de forma espectacular sus exportaciones amparados en que su moneda no se podía revalorizar frente a las otras monedas de la eurozona (todos compartían el euro). Sus bancos pudieron fácilmente reciclar los excedentes de las balanzas de pagos, prestando a los bancos de los países deficitarios, que a su vez lo prestaron a los Estados y a los ciudadanos, generando un falso bienestar, falso ya que todo el crecimiento era a crédito.
Nadie quiso darse cuenta del problema. Ni el gobierno alemán ni los bancos acreedores ni los bancos de los países del sur ni el resto de gobiernos europeos. Todos han sido responsables de cerrar los ojos a la crisis de deuda que se estaba gestando. Tan responsables son aquellos que asumen cargas que después no van a poder pagar, como los que prestan sin medir adecuadamente el riesgo. Se achaca a Grecia haber engañado, falsificando las cuentas públicas; amén de las muchas complicidades que concurrieron en tal falsificación, hay que preguntarse si la evolución de la balanza de pagos no era suficientemente expresiva en sí misma.
La crisis de las hipotecas subprime al otro lado del Atlántico con las turbulencias financieras subsiguientes pusieron sobre el tapete los graves desequilibrios que acechaban a la eurozona y la división que se había generado entre países deudores y acreedores. Lo cierto es que Alemania –amparada por unos tratados claramente defectuosos– supo imponer sus tesis y salir claramente vencedora. En aquel consejo fatídico de mayo de 1910, Merkel con la complicidad de Sarkozy y la cobardía de los gobiernos del sur forzó unas medidas que traerían graves consecuencias para el futuro. Se acuñó el sistema de rescates (más bien de intervención) con Grecia como adelantada y se originaron dos modificaciones sustanciales en el statu quo.
Primero, los créditos de los que eran titulares los bancos alemanes pasaron a manos de las instituciones y por lo tanto de todos los Estados, con lo que, en realidad, Alemania no solo no aportaba más dinero, sino que distribuía el riesgo entre los otros países y les hacía cómplices de sus políticas. Eso explica el contrasentido de que los países del sur, netamente deudores, hayan apoyado a Alemania a la hora de humillar e intervenir políticamente a Grecia. Esos 26.000 millones que en estos días tanto han invocado los hombres del PP, en realidad no se los entregamos a Grecia sino a los bancos alemanes. Segundo, el riesgo que era privado (bancos) pasó a ser público y a gravitar sobre los contribuyentes de toda la eurozona.
Lo que ha sucedido estos últimos días con Grecia es difícil de creer y solo se explica por el contrasentido de construir una Unión Monetaria sin Unión Política, y por la ancestral querencia de Alemania a conquistar Europa. A un país, sin perder una guerra se le somete a condiciones durísimas, se le desposee de sus bienes para que sean gestionados por extranjeros y se le dicta la política que debe seguir hasta en los mínimos detalles, tales como los horarios comerciales, es decir, se le obliga a implantar aquellas medidas que no van a servir para superar la grave crisis en que se encuentra, sino para favorecer al capital internacional. Grecia está ocupada no por ejércitos enemigos sino por los “hombres de negro” y el BCE a las órdenes de Merkel. ¿Acaso se le puede reprochar a Tsipras que afirme que no está de acuerdo con el Tratado pero que no le ha quedado más remedio que firmarlo? Como aseveró un diplomático griego, lo ha hecho con una pistola en el pecho.
Alguna lección deberíamos sacar el resto de países del sur. “Cuando las barbas de tu vecino…”. Lo que le está pasado a Grecia puede ocurrirle a cualquiera de los países deudores y España lo es, el stock del endeudamiento exterior apenas se ha reducido. Dentro de la Unión Monetaria estamos sometidos a la dictadura de los acreedores y del BCE. Esta institución puede poner contra las cuerdas a cualquier país que pretenda rebelarse y salirse de lo que llaman la ortodoxia. En cualquier momento podemos oír lo que tuvo que escuchar Tsipras: “Firma el acuerdo o destruimos tu economía”.
Artículo publicado en LaRepública
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