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Construir la humillación: discurso neoliberal y Sur de Europa

Estefanía Rodero, Socióloga y analista del discurso, Miembro de Attac Castilla y León

Como bien nos enseña Jorge Alemán, “la realidad está constitutivamente construida por discursos”. Si bien la Escuela de Frankfurt ya nos señaló los peligros de la emergencia del Discurso Capitalista (con mayúsculas) que se pretendía monolítico y sin fisuras, los años 80 vinieron a envolverlo en celofán con el “No hay alternativas” de Margaret Thatcher.

¿Qué tipo de argumentos nos hemos dado como sociedad europea para dar permiso a las instituciones de la UE en su intervención en Grecia? ¿Cuál ha sido la trama de consentimientos implícitos que nos han llevado a desembocar en esta crisis internacional de soberanía?



En primer lugar, deberíamos fijar nuestra atención sobre la construcción cultural del significado del centro de Europa frente a la “periferia”. Es curioso constatar cómo se ha construido este antagonismo de modo que se solapa de un modo casi perfecto con los valores neoliberales. Frente al Sur que ha quedado designado alrededor del eje “lo retrasado, lo popular, lo material, lo ingobernable, el derroche, lo irracional”, Alemania (y por extensión la Troika) se ha erigido como encarnación del progreso, el prestigio, la innovación, el orden, la disciplina y la contención, sin que existan ni en un caso ni en el otro elementos reales que permitan tal generalización. Han sido las élites económicas del Sur, las que desde una posición de inferioridad que buscaba ser revertida a través del “permiso a pertenecer” las que reforzaron a través de su emulación esta dicotomía.

Este mismo discurso incorporado en los medios de comunicación europeos y en los medios griegos, controlados por la oligarquía helena, contribuyeron a invisibilizar durante la época de “bonanza” previa al estallido de la crisis de 2008, la inacción de los gobiernos griego, español, italiano y portugués para impulsar cambios institucionales y de operativa en el Banco Central Europeo, así como el aumento paulatino de los beneficios que los bancos franceses y alemanes estaban obteniendo con las burbujas inmobiliarias del Sur de Europa. De igual modo, bajo este discurso de estigmatización del Sur, se ocultó que tras seis años de obediente aplicación de las medidas de austeridad por parte del último gobierno griego, Grecia perdió el 25% del PIB y tenía al 60% de su juventud en el paro. Frente a este enorme antagonismo discursivo, la situación griega ha puesto otros elementos importantes de relieve.

  • Tecnocracia y Política

Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, socialdemócrata, abogó por la sustitución del Gobierno de Syriza democráticamente elegido por otro conformado por tecnócratas. De igual manera, en pleno proceso negociador de la deuda, el propio Tsipras afirmaba: “si pudiese quedar a solas a cenar con Ángela Merkel encontraríamos una fórmula de solución en menos de dos horas”. La negación del lado ideológico del proceso tiene un componente ideológico en sí mismo que ha sido enmascarado por el barniz de “lo técnico” y no basado en decisiones políticas. Nos encontramos frente al mito de la administración neutral y la “buena gestión” del que tanto se sirve el neoliberalismo como barrera. Es el mismo“conocimiento neutral experto” que expulsó a Varoufakis del propio proceso negociador o que estamos viendo en las negociaciones del TTIP en la Comisión Europea. Al fin y al cabo, no es la gestión el punto débil del Sur de Europa, sino como afirmaba el Financial Times “El vínculo más débil de la eurozona es el de los votantes”…

  • Culpa y Castigo

Frente al Silencio Ruidoso del que nos habla Boaventura de Sousa con el que nombra el hecho de que el sufrimiento social no esté encontrando espacios para decirse frente a la imposición de la “lógica del sacrificio” que está sustentando las medidas de austeridad, nos encontramos con un eje discursivo que encuentra un amplio eco en países de importante tradición católica (ortodoxa en el caso griego). Se trata de hacer entender la deuda, el hecho económico de la deuda (utilizado como dominación política y elemento de control y dependencia) como un proceso de culpa nacional que se corrige mediante la expiación, el sacrificio y la aplicación de correctivos a “vagos y derrochadores” que no se individualizan sino que se difuminan entre la población en general. Es interesante observar cómo, frente a otros procesos de deuda, el discurso asociado cambia.
Así, si frente a la deuda bancaria se asimiló el chantaje: “si yo caigo, tú caes conmigo”; frente a la deuda de países como Estados Unidos se expresa desde términos de control de la situación o negociación, en el caso griego y del Sur de Europa se busca la imagen social de la humillación (esas fotografías de colas frente a los cajeros automáticos tan interesadamente repetidas…)

  • Naturalización del poder neoliberal

¿Por qué no se nombró la situación en Grecia, antes de la llegada al gobierno de Syriza como “crisis humanitaria”? No sólo se había reducido el PIB en un 25% y el déficit presupuestario en un 15%. No sólo existía un 60% de desempleo juvenil y un 40% de niños en situación de pobreza. Se había doblado el índice nacional de pobreza, había aumentado la tasa de suicidios y la de mortalidad infantil. Se había producido la desregulación total del mercado de trabajo y junto a la destrucción productiva y la emigración masiva, derechos sociales básicos como la sanidad estaban encontrando su última expresión en consultas médicas y farmacias sociales.
¿Por qué desde los medios de comunicación y espacios de análisis político en ningún momento se utilizó esta expresión? La capacidad del neoliberalismo para hacer pasar por natural un dogma económico que sitúa “lo catastrófico” en todo aquello que se sitúa fuera es una de las razones. Los programas de austeridad que están generando estas crisis humanitarias en el sur europeo cuentan con un mecanismo ideológico previo por el cual se desplaza la culpa de las élites económicas a la población en general. Fue Mario Draghi quien participó a través de Goldman Sachs en la falsificación de los libros de cuentas griegos que permitieron su entrada en la eurozona y los propios “altos funcionarios de la UE” quienes potenciaron una situación de “neo-protectorado” a través de la dependencia de los sectores turístico e inmobiliario y el aumento de las exportaciones de los productos alemanes a los países periféricos, contribuyendo a profundizar la división europea del trabajo por la que el Sur de Europa vive su propio proceso de “maquilización” en forma de precariedad e impulso de los sectores de bajo valor añadido.
Aún no hemos visto que se exijan responsabilidades personales o profesionales a quienes ostentaban cargos de representación pública y que llevaron a Grecia a esta situación.

  • Lobby financiero y Soberanía

Fue Varoufakis quien nombró el proceso de negociación de la deuda griega como un “golpe de Estado financiero”. Poniendo sobre la mesa el hecho de que las instituciones europeas estaban utilizando el euro como instrumento de dominación económica y política en nombre de un gran lobby que había sustituido a la soberanía europea, fue después Juncker quien apuntaló, aunque desde la dirección opuesta este edificio argumental remarcando: “no puede haber decisiones democráticas contra los tratados europeos”.
Es interesante poner el acento sobre el hecho de que han cambiado los mecanismos de coerción, que, siguiendo lo que planteaba Foucault en “La microfísica del poder”, nos encontramos ante la invisibilización del “enemigo” que, ante intervenciones contrarias a la soberanía nacional, impide una articulación clara de respuesta. El uso de la amenaza y el dictado de condiciones encontraron su eco en los medios de comunicación bajo la terminología “neutra” de la “negociación” cuando en realidad se estaba dando un proceso de acumulación de arbitrariedades. En mitad de la fase más dura de conversaciones tanto la socialdemocracia europea como los conservadores se situaron en la denuncia de Grecia por su “incapacidad de acatar”, su “estrategia de conflicto” y su “intransigencia”, reforzando la visión de desigualdad que subyace en la propia petición de humildad y contribuyendo mediáticamente al descrédito de las alternativas.

  • Emergencia de una nueva posibilidad

Llama la atención también el cambio discursivo dentro de las “alternativas políticas”. Si bien la socialdemocracia europea de los años 60 llevaba en sus programas medidas fiscales que en la actualidad serían tachadas como gestos desafiantes y radicalidad, demostrándonos el dominio hegemónico del neoliberalismo en Europa en las últimas décadas, el caso de Syriza nos muestra que la apelación al país, a la construcción de un nuevo significado del “orgullo nacional” a través de la denuncia de los memorandos, el recuerdo de las aún no resueltas reparaciones de guerra de Alemania a Grecia, así como el hecho clave de poner en el centro la soberanía y la denuncia de la pérdida de ésta ante los organismos económicos internacionales y los intereses lobbystas que habitan en su seno, marcan un nuevo camino para la articulación discursiva del Sur de Europa. La resignificación de la noción de país y de la afectividad relacionada con el sentido de soberanía, muestran una posible puerta de salida democrática a la actual crisis de significado europea frente al riesgo del auge de los nuevos fascismos y la xenofobia.
La búsqueda de un cambio en la correlación de fuerzas, que lograse integrar junto a los países del Sur de Europa, las demandas de una Europa del Este igualmente “estigmatizada”, así como la capacidad de tender puentes desde el propio sur de Europa al Sur Global de cara a revertir la búsqueda continua del neoliberalismo del “ejemplo negativo” que demuestre que “es imposible” generar un modelo alternativo al actual, nos puede reconciliar con la creencia de que, una vez más citando a Alemán que cita al poeta, “sólo en el peligro de la política puede crecer lo que nos salva”.

Las/os europarlamentarias/os deben proteger a la ciudadanía ante la amenaza del tratado comercial entre UE-EEUU

El Parlamento Europeo está preparando un informe con su posicionamiento sobre las controvertidas negociaciones de la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés). 375 colectivos de la sociedad civil procedentes de toda Europa, entre los que se encuentran la Campaña “No al TTIP”, han reclamado a los miembros del Parlamento Europeo que defiendan a la ciudadanía, a los trabajadoras y trabajadores, y al medio ambiente, ante la amenaza que supone el tratado.

Hoy mismo, estas 375 organizaciones, de consumidores, ecologistas, sociales y sindicales, presentes en 25 países, han hecho llegar una carta abierta a los grupos políticos del Parlamento Europeo [1]. En la carta señalan que el TTIP podría limitar la soberanía democrática de los Estados, fortalecer la influencia de las grandes empresas y socavar los servicios públicos, el medio ambiente, las normativas alimentarias y los derechos laborales.

En estos momentos la Eurocámara está debatiendo el proyecto de informe sobre las recomendaciones del Parlamento Europeo a la Comisión Europea relativas a las negociaciones del TTIP, y la votación definitiva tendrá lugar -posiblemente en mayo- una vez que hayan dado sus respectivas opiniones las catorce comisiones parlamentarias que participan en el proceso. El informe no será vinculante, sin embargo representará una señal política, ya que el acuerdo definitivo del TTIP -si llega a producirse- debería votarse en el Parlamento Europeo.

Cuca Hernández, portavoz de la Campaña 'No al TTIP', ha recalcado que: "el TTIP es un intento de acabar con la democracia y ponerla en manos de grandes empresas multinacionales a través de negociaciones secretas y con propuestas políticas que pretende vaciar completamente la soberanía demcrática y el derecho a decidir de los parlamentos, instituciones y de la gente”.

Sandra Espeja, portavoz de la Campaña Estatal No al TTIP', ha señalado que: “el TTIP es un Caballo de Troya. Este tratado implicaría un ataque a los estándares de seguridad alimentaria, ambientales y laborales así como el sacrificio de los derechos democráticos a favor de los intereses de grandes empresas. Los Europarlamentarios han de rechazar de pleno las propuestas recogidas en el TTIP, como el mecanismo de resolución de controversias entre inversor y Estado (ISDS), que otorgan privilegios especiales a las grandes empresas para demandar a los gobiernos y rompen con el Estado de Derecho, así como la mal llamada cooperación reguladora, una herramienta definitiva de los lobbies empresariales para lograr legislaciones a su medida”.

La oposición al TTIP ha crecido exponencialmente en toda Europa estos últimos 12 meses. Se han puesto en marcha campañas en 25 países de la Unión Europea y se ha logrado resoluciones críticas en varios parlamentos. Más de 1,5 millones de personas han firmado la Iniciativa Ciudadana Europea auto-organizada exigiendo a las administraciones europeas detener las negociaciones del TTIP y no ratificar el tratado de comercio entre Europa y Canadá, llamado CETA.


Notas: [1] Carta abierta a los grupos europarlamentarios con la lista de las 375 organizaciones firmantes.

Video: ¿Es posible revertir el ataque a la Europa social? Vicenç Navarro.

Conferencia del Profesor Navarro dentro del Seminario “Quo vadis Europa?” en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) de Santander, 26 de agosto de 2013.

Deuda, austeridad y devastación: llegó el turno de Europa

Beatriz Martínez
Se ceba a los acreedores y se castiga a los inocentes. Susan George lamenta que los líderes de Europa se sometan al gran capital.
Al igual que la peste en el siglo XIV, el azote de la deuda ha ido migrando paulatinamente del Sur al Norte. La Yersinia pestis del siglo XXI no se propaga a través de las ratas infestadas de pulgas, sino del letal fundamentalismo neoliberal, infestado de ideología. Antes, sus adalides tenían nombres como Thatcher o Reagan; ahora suenan más bien a Merkel o Barroso. Pero el mensaje, la mentalidad y la medicina prescrita son básicamente los mismos. La devastación provocada por ambas plagas también es similar. Sin duda, se registran menos muertes relacionadas con la deuda en Europa hoy en día que en África hace tres décadas, pero seguramente se está causando un daño más permanente a lo que en su día fueron las prósperas economías europeas.

Los fieles –y más veteranos– lectores de la revista New Internationalist recordarán la temida expresión ‘ajuste estructural’. ‘Ajuste’ era el eufemismo para el paquete de recetas económicas impuestas por los ricos países acreedores del Norte a otros menos desarrollados en lo que entonces llamábamos ‘el Tercer Mundo’. Una gran parte de estos países había pedido prestado demasiado dinero para demasiados fines improductivos. A veces, los líderes se limitaban a ingresar los créditos en sus cuentas privadas (recordemos a Mobutu o Marcos) y endeudar aún más a sus países. Devolver los préstamos en pesos, reales, cedis u otras ‘monedas raras’ era inaceptable; los acreedores querían dólares, libras esterlinas y marcos alemanes.

Además, los líderes del Sur habían suscrito los préstamos a tipos de interés variable, que al principio eran bajos pero que subieron a niveles astronómicos a partir de 1981, cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos puso fin a la era del dinero barato. Cuando países como México amenazaron con no pagar la deuda, cundió el pánico entre los ministros de Economía de los países acreedores, los grandes banqueros y los burócratas internacionales, que se pasaron unos cuantos fines de semanas sin dormir, alimentándose con comida para llevar e improvisando planes de emergencia.

Plus ça change, plus c’est la même chose.* Pasadas unas décadas, aún se suceden las reuniones de crisis, esta vez en Bruselas y, pese a algunas variaciones, la respuesta es idéntica: solo consigues un rescate si te comprometes a seguir una serie de estrictas exigencias. En su día, estas se hacían eco del neoliberal ‘consenso de Washington’; ahora se denominan, más acertadamente, ‘paquetes de austeridad’, pero ambas requieren las mismas medidas. Firme aquí, por favor, con sangre.

Para el Sur, los contratos rezaban: ‘Limiten la producción de alimentos y dedíquense a cultivos comerciales rentables. Privaticen las empresas estatales y abran actividades lucrativas a las compañías transnacionales extranjeras, sobre todo en el sector de las materias primas y las industrias extractivas, la silvicultura y la pesca. Reduzcan drásticamente el crédito, y eliminen los subsidios y las prestaciones sociales. Presenten propuestas para el pago de la salud y la educación. Economicen y obtengan divisas fuertes a través del comercio. Su principal responsabilidad es para con los acreedores, no para con su pueblo’.
Ahora llegó el turno de Europa. A los países del sur de Europa y a Irlanda no se les deja de repetir: ‘Han estado viviendo por encima de sus posibilidades. Ahora les toca pagar’. Los Gobiernos aceptan órdenes dócilmente y sus ciudadanos y ciudadanas suelen asumir que deben pagar la deuda de inmediato porque la deuda de un Estado soberano es exactamente igual que la deuda de una familia. Pero no lo es; un Gobierno acumula deuda emitiendo bonos en los mercados financieros. Esos bonos son adquiridos fundamentalmente por inversores institucionales, como bancos, que reciben un pago anual de intereses: bajo cuando el riesgo de impago es bajo y alto cuando dicho riesgo también lo es. Es totalmente normal, deseable e incluso necesario que un país tenga una deuda que plantee cero problemas y que genere muchos beneficios si el dinero se invierte con prudencia y a largo plazo en actividades productivas como educación, salud, prestaciones sociales, infraestructuras sólidas y similares.

En efecto, cuanto mayor es el porcentaje de gasto público en el presupuesto de un Gobierno, más elevado es el nivel de vida y más empleos se crean, incluido en el sector privado. Esta norma se ha visto confirmada sin falta desde que se apuntó a la correlación entre la inversión pública y el bienestar nacional por primera vez, a fines del siglo XIX.

Lógicamente, el dinero prestado también se puede derrochar y gastar sin ton ni son, y los beneficios pueden repartirse injustamente. La gran diferencia entre el presupuesto de una familia y el de un Estado es que los Estados no desaparecen sin más, como una compañía en bancarrota. Las inversiones productivas y bien gestionadas que se financian con el dinero que toman prestado los Gobiernos deberían entenderse, en general, como algo bueno.

Los números mágicos
En 1992, los países europeos votaron ciegamente ‘sí’ al Tratado de Maastricht, que debido a la insistencia de Alemania incluía dos números mágicos: el 3 y el 60. Nunca dejes que tu déficit presupuestario supere el tres por ciento; nunca contraigas una deuda pública que supere el 60 por ciento de tu producto interior bruto (PIB).** ¿Por qué no el 2 o el 4 por ciento, o el 55 y el 65? Nadie lo sabe, salvo quizá algún vetusto burócrata que andaba por allí, pero estos números se han convertido en las Tablas de la Ley.

En 2010, dos famosos economistas anunciaron que, por encima del 90 por ciento del PIB, la deuda acarrearía problemas a un país y su PIB se contraería. Es algo que suena lógico porque el pago de los intereses se comería un porcentaje mayor del presupuesto. Sin embargo, en abril de 2013, un estudiante de doctorado norteamericano intentó replicar sus resultados y se encontró con que no podía. Usando las mismas cifras, obtenía un resultado positivo para el PIB, que aún seguiría aumentando en más de un dos por ciento al año. El tándem de economistas famosos –y ahora también avergonzados– tuvo que admitir que había sido víctima del Excel y que habían colocado mal una coma.

Incluso el Fondo Monetario Internacional ha confesado errores parecidos, esta vez sobre el tema de los recortes y las medidas de austeridad. Ahora sabemos –porque el Fondo ha sido lo bastante sincero como para explicárnoslo–, que los recortes perjudicarían al PIB dos o tres veces más de lo previsto en un principio. Europa debería tomárselo con calma, dice el FMI y no ‘conducir la economía pisando el freno’. El límite mágico del 60 por ciento del PIB en la deuda es ahora más sagrado que el límite del tres por ciento para el déficit; las políticas, sin embargo, siguen siendo las mismas, ya que los halcones neoliberales aprovechan cualquier atisbo de prueba dudosa que parezca promover su causa.

Nos enfrentamos a dos preguntas básicas. La primera sería por qué aumentó la deuda de los países europeos de forma tan pronunciada después de que estallara la crisis en 2007. En apenas cuatro años, entre 2006 y 2010, la deuda se disparó en más de un 75 por ciento en Gran Bretaña y Grecia, un 59 por ciento en España y una cifra récord del 276 por ciento en Irlanda, donde el Gobierno anunció que se haría responsable de todas las deudas de todos los bancos privados del país. El pueblo irlandés, por lo tanto, asumiría la falta de responsabilidad de los banqueros irlandeses. Gran Bretaña hizo lo mismo, aunque en menor medida. Los beneficios se privatizan y las pérdidas se socializan.

Así pues, los ciudadanos y las ciudadanas deben pagar por la austeridad, mientras que los banqueros y otros inversores que adquirieron los bonos del país o productos financieros tóxicos no aportan nada. Después de la crisis de 2007, el PIB de los países europeos cayó un promedio del cinco por ciento y los Gobiernos tuvieron que compensar. El incremento de los fracasos empresariales y el desempleo masivo significaban también más gastos para los Gobiernos justo en el momento en que estaban recaudando menos a través de los impuestos.

La Europa desquiciada en el actual contexto de la economía mundial

Yanis Varoufakis. 
Sin Permiso

La Eurozona fue diseñada para una economía mundial en la que los EEUU desempeñaban un papel crucial en el reciclaje de los excedentes globales por la vía de generar la demanda requerida por los exportadores netos del mundo entero. Cuando se desató la tormenta financiera de 2008 y los EEUU perdieron su capacidad para reciclar los excedentes netos del resto del mundo (incluida Europa), una unión monetaria carente de mecanismos estabilizadores esenciales resultó profundamente desestabilizada. ¿Pueden los dirigentes europeos proceder a un rediseño que ayude a Europa a sobrevivir en el nuevo “mundo feliz” en que nos ha precipitado la crisis financiera? ¿Y quieren?

La dependencia de la Eurozona respecto de unos EEUU insostenibles luego de 2008

Luego de que colapsara el sistema de Bretton Woods como consecuencia del tránsito de los EEUU de potencia globalmente superavitaria a potencia globalmente deficitaria, ocurrió algo de todo punto notable: por vez primera en la historia, la nación hegemónica incrementó su dominación por la vía de aumentar masivamente… sus déficits.

En efecto: a partir de los 70, los EEUU empezaron a absorber una parte creciente de los productos industriales excedentes del resto del mundo. Las importaciones netas norteamericanas eran, obvio es decirlo, las exportaciones netas de países excedentarios como Alemania, Japón y China; la fuente principal de la demanda agregada de esos países. A su vez, cerca de un 70% de los beneficios ingresados por los empresarios de las naciones excedentarias se canalizaban diariamente hacia Wall Street en busca de mayores rendimientos. Wall Street se servía entonces de ese aflujo de capital foráneo con tres propósitos: a) para suministrar crédito a los consumidores norteamericanos; b) como inversión directa en las corporaciones empresariales norteamericanas; y c) para comprar bonos del Tesoro estadounidense (es decir, para financiar el déficit público norteamericano).

Este sistema de reciclaje naufragó en 2008, porque Wall Street aprovechó ventajistamente la centralidad de su posición para construir colosales pirámides de dinero privado a partir de los beneficios netos que afluían a los EEUU procedentes del resto del mundo. Mientras duró, el proceso de creación de dinero privado por parte de los bancos de Wall Street –también conocido como financiarización— insufló mucha energía en el esquema de reciclaje, pues generó manantiales de renovada vitalidad financiera alimentando un permanentemente acelerado nivel de demanda en los EEUU, en Europa (cuyos bancos no tardaron en subirse al carro de la creación privada de dinero) y Asia. Ello es, empero, que eso mismo trajo consigo su caída.

Cuando, en otoño de 2008, las pirámides de dinero privado de Wall Street entraron en proceso de autocombustión, quedando reducidas a cenizas, se esfumó la capacidad de Wall Street para seguir “cerrando” el círculo del reciclaje global. El sector bancario norteamericano no pudo ya seguir aprovechando los dos déficits gemelos –el comercial y el presupuestario— para financiar una demanda en los EEUU suficiente para mantener en funcionamiento de las exportaciones netas del resto del mundo (un proceso de financiación que, hasta otoño de 2008, utilizaba los beneficios netos del resto del mundo generados por esas exportaciones netas). A partir de ese momento negro, resulta más y más difícil que la economía mundial recobre su pulso: al menos, sin un Mecanismo Global de Reciclaje del Excedente (MGRE) alternativo.

Volviendo a la creación de la Eurozona, dos observaciones son de rigor. La primera: la Eurozona fue instituida de forma tal, que eliminó los amortiguadores naturales de shoks de los Estados miembros que se integraron, lo que significaba que, cuando llegara un shock, el impacto sería masivo. No sólo ya no era posible amortiguar los shoks mediante la devaluación, sino que, encima, no se diseñó para le Eurozona ningún mecanismo de reciclaje que pudiera entrar en acción en caso de que alguna crisis financiera generara (como terminó ocurriendo) una contracción del crédito. Mientras los EEUU reciclaban activa y eficientemente los excedentes globales –manteniendo así la liquidez del sector bancario europeo, ya directamente (a través de flujos de instrumentos financieros en los bancos europeos), ya indirectamente (suministrando demanda a las exportaciones netas de los países europeos excedentarios, como Alemania)—, la falta de un mecanismo intraeuropeo de reciclaje del excedente pasó desapercibida. Sólo cuando se esfumó en 2008 la capacidad de Norteamérica para jugar su papel en el reciclaje del excedente, se dejaron sentir con toda su brutalidad los efectos del mal diseño de la Eurozona, sobre todo en su periferia.

En segundo lugar: tras desatarse la madre de todos los shocks en 2008, los dirigentes europeos se negaron a admitir que el diseño de su unión monetaria precisaba de urgente reconfiguración. Los dirigentes europeos se embrollaron entonces en “planes de rescate” ridículamente fragmentarios –el de Grecia es paradigma de idiocia— y se enzarzaron en infértiles debates sobre si tenía que haber más o menos austeridad, pasos más o menos rápidos hacia el control central de los déficits públicos, etc. De modo que la verdadera causa de la deriva de la Eurozona hacia la fragmentación, es decir, la falta de un efectivo mecanismo propio de reciclaje del excedente, fue completamente ignorada.

En una palabra: las elites europeas fueron incapaces de reconocer, antes y después de 2008, que su preciosa Eurozona parasitaba de la capacidad de los EEUU para reciclar los excedentes globales, incluidos, huelga decirlo, los excedentes europeos. A falta de un efectivo mecanismo propio de reciclaje del excedente, Europa quedó desquiciada luego del otoño de 2008, sigue hasta hoy negando lo obvio, y por consecuencia, se aferra a políticas que, o son irrelevantes dada la naturaleza de la eurocrisis, o resultan imposibles de poner por obra en el nuevo mundo pos-2008.

 ¿No podría Europa volver a depender de unos EEUU resurgentes?

El déficit comercial norteamericano, tras dos años de hundimiento, casi ha recuperado sus niveles anteriores a 2008. Sin embargo, los déficits norteamericanos, aun cuando recuperados tras el “revés” de 2008, no tienen ya la capacidad que otrora tuvieron para desempeñar el papel de reciclaje del excedente. No desde luego de una forma que alcanzara a restaurar las condiciones que pudieran permitir a la Eurozona regresar a su normalidad pre-2008.

Para entender por qué Norteamérica ha perdido su capacidad de reciclar las exportaciones netas de otros países al ritmo anterior a 2008, basta notar que en 2011 los EEUU generaban una demanda para las exportaciones netas del resto del mundo por un monto un 23,7% inferior a lo que habría ocurrido si no se hubiera producido el crash de 2008. En segundo lugar, y paralelamente, Norteamérica ha dejado de atraer –a través de Wall Street— el nivel de flujos de capital necesario para mantener el ritmo de inversiones pre-2008 en su sector privado. Para ser precisos: en 2011, los EEUU habían perdido el 56,48% de los activos propiedad de tenedores extranjeros (en comparación con el nivel a que apuntaban las tendencias antes del crash de 2008). La razón principal –y crucial— de ese abrupto declive fue que los flujos netos de capital exterior, que terminaban como préstamos a las corporaciones empresariales estadounidenses, cayeron drásticamente de 500 mil millones de dólares en 2006 a 50 mil millones de dólares en 2011.

En 2013 esas tendencias han cristalizado, ofreciendo una imagen devastadoramente simple. Por un lado, la Crisis no ha alterado la posición deficitaria de los EEUU. El déficit presupuestario federal es más o menos el doble, mientras que el déficit comercial norteamericano, tras una caída inicial, se ha estabilizado al nivel anterior. Sin embargo, los déficits estadounidenses ya no son capaces de amparar el mecanismo que mantenía planetariamente equilibrados los flujos globales de bienes y beneficios. Mientras que hasta 2008 Norteamérica fue capaz de absorber montañas de importaciones netas y bienes y un volumen similar de flujos de capital (de modo que ambos se equilibraban), eso ya no ocurre luego de 2008. Los mercados norteamericanos se están tragando un 24% menos de importaciones netas (generando, pues, sólo el 66% de la demanda a que el resto del mundo estaba acostumbrada antes del crash de 2008) y están atrayendo al sector privado norteamericano un 57% menos de capital de lo que sería el caso si Wall Street no hubiera colapsado en 2008.

En suma: los únicos restos que quedan del tipo de economía global en que floreció la Eurozona antes de 2008 son los todavía acelerados flujos de capital foráneo que van a parar a la deuda pública norteamericana: palmaria prueba del desorden mundial en esta época tumultuosa en la que el dinero busca desesperadamente puerto seguro en el regazo de la moneda de reserva. Pero mientras el resto del mundo reduzca sus inyecciones de capital en el sector empresarial norteamericano y mientras Norteamérica reduzca sus importaciones de las exportaciones netas del resto del mundo, de una cosa podemos estar totalmente seguros:  la Eurozona no puede depender de los EEUU para que le suministre, como antes de 2008, el nivel de demanda agregada necesaria para mantener el espejismo mercantilista de la Europa Germánica, es decir, de una Europa que se comportara como una Gran Alemania, reaccionando a las caídas de demanda global por la vía de estimular sus exportaciones netas e, internamente, contraer sus salarios.

Divididos por una moneda común

Hay que poner verdadero empeño para presentar falsariamente la eurocrisis dando a entender que la insolvencia de países como Irlanda, España e Italia tiene básicamente que ver con la prodigalidad fiscal (recuérdese que España tenía una deuda inferior a Alemania en 2008, y que Italia tenía déficits presupuestarios claramente inferiores). La verdadera causa del desastre de la Eurozona radica en la sobredependencia macroeconómica que desde su fundación ha tenido respecto de la capacidad económica de los EEUU para generar demanda suficiente para las exportaciones netas de la Eurozona. Una vez que Wall Street implotó y se esfumó por doquiera la liquidez, dos efectos pusieron a Europa de rodillas:

Uno fue la secuencia de abrazos mortales entre bancos en bancarrota y Estados insolventes (empezando por Grecia, luego a Portugal, hasta llegar el turno de Italia y España). Otro fue: a) la determinación de Europa  de atarse a lo que yo llamo el principio de las deudas perfectamente separadas; y b) la reluctancia de los políticos nacionales a desafiar a sus banqueros nacionales instituyendo un esquema de resolución bancaria a nivel de la Eurozona, un esquema respecto del cual los políticos nacionales no pudieran decir ni pío.

La cuestión reveladora es entonces la que sigue: ¿por qué esa resistencia, particularmente alemana, a cualquier iniciativa para terminar con la eurocrisis? La respuesta común es que Alemania no quiere pagar las deudas de la periferia y se resistirá a toda iniciativa de tipo federalizante (por ejemplo, a una unión bancaria propiamente dicha), hasta que se convenza de que sus socios actúan financieramente de modo responsable. Aunque esto capta bien la mentalidad de muchos europeos septentrionales, está fuera de lugar. Lo cierto es que no faltan propuestas para poner fin a la crisis bancaria, reducir drásticamente la deuda pública a largo plazo de la Eurozona e introducir el mecanismo de reciclaje de excedentes que falta, reduciendo simultáneamente de forma substancial las cargas sobre el contribuyente alemán.

Entonces, ¿por qué la Europa Septentrional, es decir, las naciones excedentarias de la Eurozona, están tan resueltas a mantener una arquitectura diseñada para una época en la que los EEUU jugaban un papel que ya no pueden seguir jugando? Yo me temo mucho que hay dos poderosas razones inextricablemente unidas y de todo punto irracionales. La primera me fue revelada por uno de los consejeros económicos más allegados a la Cancillería alemana. Su sencilla explicación era que instituir un mecanismo de reciclaje de excedente propiamente europeo (como el de nuestra Modesta Proposición) significaría que Alemania nunca sería capaz de abandonar la Eurozona en el futuro. Significaría, en efecto, desprenderse de la carta Me-Largo-De-Aquí que ahora mismo sólo poseen de verdad las naciones excedentarias (puesto que las naciones deficitarias saben que una salida del área de la moneda común significaría una masiva fuga de capitales y el consiguiente colapso de su sector bancario). “No es, claro está, que la Canciller alemana quiera usar esa carta para salir de la Eurozona”, prosiguió mi interlocutor. “No, le gusta tenerla porque el Presidente de Francia no la tiene, como no la tienen tampoco los primeros ministros de Italia y de España, lo que le confiere a ella un grado exorbitante de poder negociador en el Consejo Europeo, en el Eurogrupo, etc.”

En una palabra: la tragedia europea es que quienes tienen el poder para resolver la crisis substituyendo el roto mecanismo norteamericano de reciclaje del excedente (al menos internamente, dentro de Europa), perderían buena parte de su poder político en Europa si se sirvieran efectivamente de ese poder.

Sobre la retirada de mi artículo “Alemania contra Europa” de la web de El País (y artículo)

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Juan Torres López. Consejo científico de ATTAC

Ante la retirada de mi artículo Alemania contra Europa de la web de El País quiero manifestar lo siguiente:

- Sin entrar a valorar la decisión del diario, lamento que se interprete que la tesis de ese artículo es comparar a la Señora Merkel con Hitler, tal y como algunas personas están dando a entender en la red. Lo lamento porque creo que es evidente que de ninguna manera son personas comparables o que sus políticas sean igual de dañinas. Y, sobre todo, porque creo que de ninguna manera se puede dedicir esto último de mi texto. Es más, creo que interpretarlo así solo sirve para desviar la atención sobre el fondo de mi artículo que es claramente otro.
- Es cierto que en el artículo afirmo que en mi opinión Alemania ha declarado la guerra económica contra el resto de Europa y que eso lo comparo con la búsqueda del espacio vital que llevó a que Hitler desatase la guerra, pero creo que esto debe entenderse como la comparación de dos hechos históricos lamentables aunque de desigual factura, y no como la equiparación de dos líderes políticos.
- Lamento también que haya que hacer este tipo de comparaciones que involucran a un pueblo al que admiro pero creo que los europeos tenemos la obligación de recodarnos el daño tan grande que ya en otras ocasiones nos hicimos por darle prioridad a los intereses financieros y de las grandes corporaciones, como creo que está sucediendo ahora. Yo mismo he lamentado en algunos otros artículos que Alemania no recuerde lo que sufrió por las reparaciones de guerra que tan injusta y equivocadamente le impusieron otras potencias europeas.
- Lamento finalmente los problemas que estas interpretaciones hayan ocasionado al diario y a sus lectores y lectoras, y que éstos no puedan seguir leyéndolo en la web.

A continuación el artículo censurado

ALEMANIA CONTRA EUROPA
“Es muy significativo que habitualmente se hable de “castigo” para referirse a las medidas que Merkel y sus ministros imponen a los países más afectados por la crisis.
Dicen a sus compatriotas que tienen que castigar nuestra irresponsabilidad para que nuestro despilfarro y nuestras deudas no los paguen ahora los alemanes. Pero el razonamiento es falso pues los irresponsables no han sido los pueblos a los que Merkel se empeña en castigar sino los bancos alemanes a quienes protege y los de otros países a los que prestaron, ellos sí con irresponsabilidad, para obtener ganancias multimillonarias.
Los grandes grupos económicos europeos consiguieron establecer un modelo de unión monetaria muy imperfecto y asimétrico que enseguida reprodujo y agrandó las desigualdades originales entre las economías que la integraban. Además, gracias a su enorme capacidad inversora y al gran poder de sus gobiernos las grandes compañías del norte lograron quedarse con gran cantidad de empresas e incluso sectores enteros de los países de la periferia, como España. Eso provocó grandes déficit comerciales en éstos últimos y superávit sobre todo en Alemania y en menor medida en otros países.
Paralelamente, las políticas de los sucesivos gobiernos alemanes concentraron aún más la renta en la cima de la pirámide social, lo que aumentó su ya alto nivel de ahorro. De 1998 a 2008 la riqueza del 10% más rico de Alemania pasó del 45% al 53% del total, la del 40% siguiente del 46% al 40% y la del 50% más pobre del 4% al 1%.
Esas circunstancias pusieron a disposición de los bancos alemanes ingentes cantidades de dinero. Pero en lugar de dedicarlo a mejorar el mercado interno alemán y la situación de los niveles de renta más bajos, lo usaron (unos 704.000 millones de euros hasta 2009, según el Banco Internacional de Pagos) para financiar la deuda de los bancos irlandeses, la burbuja inmobiliaria española, el endeudamiento de las empresas griegas o para especular, lo que hizo que la deuda privada en la periferia europea se disparase y que los bancos alemanes se cargaran de activos tóxicos (900.000 millones de euros en 2009).
Al estallar la crisis se resintieron gravemente pero consiguieron que su insolvencia, en lugar de manifestarse como el resultado de su gran imprudencia e irresponsabilidad (a la que nunca se refiere Merkel), se presentara como el resultado del despilfarro y de la deuda pública de los países donde estaban los bancos a quienes habían prestado. Los alemanes retiraron rápidamente su dinero de estos países, pero la deuda quedaba en los balances de los bancos deudores. Merkel se erigió en la defensora de los banqueros alemanes y para ayudarles puso en marcha dos estrategias. Una, los rescates, que vendieron como si estuvieran dirigidos a salvar a los países, pero que en realidad consisten en darle a los gobiernos dinero en préstamos que pagan los pueblos para traspasarlo a los bancos nacionales para que éstos se recuperen cuanto antes y paguen enseguida a los alemanes. Otra, impedir que el BCE cortase de raíz los ataques especulativos contra la deuda de la periferia para que al subir las primas de riesgo de los demás bajara el coste con que se financia Alemania.
Merkel, como Hitler, ha declarado la guerra al resto de Europa, ahora para garantizarse su espacio vital económico. Nos castiga para proteger a sus grandes empresas y bancos y también para ocultar ante su electorado la vergüenza de un modelo que ha hecho que el nivel de pobreza en su país sea el más alto de los últimos 20 años, que el 25% de sus empleados gane menos de 9,15 euros/hora, o que a la mitad de su población le corresponda, como he dicho, un miserable 1% de toda la riqueza nacional.
La tragedia es la enorme connivencia entre los intereses financieros paneuropeos que dominan a nuestros gobiernos, y que estos, en lugar de defendernos con patriotismo y dignidad, nos traicionen para actuar como meras comparsas de Merkel.”


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La Troika destroza a Europa

Juan Torres López. Consejo Científico de ATTAC

Publicado en Público.es el 1 de febrero de 2013

Una reciente investigación del Center for Economic and Policy Research de Estados Unidos (Mark Weisbrot y Helene Jorgensen Macroeconomic Policy Advice and the Article IV Consultations: A European Union Case Study), vuelve a demostrar que las políticas que viene imponiendo el Fondo Monetario Internacional a los países europeos se basan en juicios y análisis erróneos y que resultan muy perjudiciales no solo para la inmensa mayoría de la población sino también para la economía en su conjunto, puesto que provocan efectos contrarios a los que dicen perseguir.

Este tipo de conclusiones no son nuevas pero es muy importante tenerlas una vez más en cuenta para denunciar continuamente a los miembros de la Troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el propio FMI) como responsables directos de la nueva fase recesiva en la que han hecho entrar a Europa y, por tanto, de los sufrimientos de una gran parte de su población.

La investigación señala que hay dos grandes patrones de actuación en estas políticas. Uno, la reducción del gasto y el tamaño del sector público, en muchos casos con independencia de que eso sea apropiado, necesario o de si puede provocar una mayor caída de la actividad. El otro, disminuir la protección social a amplios sectores de la población y reducir la participación del trabajo en la renta nacional. El resultado de ambas cosas es la menor capacidad de los gobiernos para promover la actividad y el empleo y, por tanto, el incremento de la pobreza, de la exclusión social y de la desigualdad.

En relación con las propuestas de ese tipo que recomienda el FMI, la investigación subraya que no hay evidencias empíricas que demuestren su conveniencia y eficacia y que, en la mayoría de los casos, se hacen sin tomar en consideración factores que podrían producir otros resultados distintos a los previstos por los informes del Fondo. Así, indica que éste suele proponer en todos los países la subida de la edad de jubilación sin considerar la diferente esperanza de vida en cada uno de ellos. O que hace previsiones alarmistas sobre la evolución de la población jubilada para justificar recortes en las pensiones sin tener en cuenta el incremento en la productividad, que puede permitir (como ha pasado hasta ahora) que menos empleados puedan sostener a mayor población inactiva. Y también muestra lo poco razonable que resulta la constante predilección del FMI por hacer que incremente la oferta de trabajo con independencia de cuál sea la tasa de desempleo o de participación de la población en el mercado laboral que haya en cada país.

Otro Nobel de la Paz vergonzoso: las políticas de Europa matan


Si fuera la primera vez que se concede un Premio Nobel de la Paz a quienes lejos de impulsarla instrumentan la división social y la violencia, me sentiría sorprendido. No lo estoy por eso ahora, cuando se concede a la Unión Europea.
Por supuesto creo que contribuir “al progreso de la paz y la reconciliación, de la democracia y los derechos humanos”, que es lo que justifica el galardón, es un empeño político que en el mundo en el que estamos merecería los reconocimientos más elevados. Y me alegraría mucho que los recibiese la Unión Europea si de verdad ese fuese el empeño que persigue. Pero creo que no lo es.
A mi juicio, la Unión Europea no ha contribuido como debiera y como es necesario a la conquista de la paz, de la democracia y los derechos humanos, ni en su propio territorio ni a escala internacional. Por el contrario, la Unión Europea forma parte del club de fuerzas más poderosas del planeta que imponen las políticas y normas que vienen empobreciendo a millones de personas e impidiendo que disfruten de forma efectiva de los derechos humanos y de la democracia.
La política comercial europea ha sido egoísta y ha llevado consigo la ruina de países enteros. Sus subsidios agrarios y a la exportación han hundido la producción en los países más atrasados, disminuyendo allí los ingresos de sus productores de forma artificial y violentando en provecho propio las reglas del “libre mercado” que luego dicen defender sus dirigentes.
No creo que se contribuya mucho a la paz concediendo protección a las grandes empresas y productores europeos mientras que se obliga a los países más pobres y débiles a que se abran de par en par y a que renuncien a proteger sus intereses comerciales, haciendo así que aumente la desigualdad y la pobreza que producen dolor y muertes. Ni tampoco imponiéndoles la liberalización más absoluta mientras que les cierra las puertas de sus mercados o establece cuotas a la exportación de los productos de los países más pobres.
La Unión Europea ha basado el bienestar de sus productores más privilegiados en las ayudas que puede concederles gracias a su riqueza, mientras que persigue y hace que se impongan condenas severas a los países que simplemente han tratado de protegerse de esas prácticas desiguales. Y ha hecho todo lo posible para conseguir que las normas internacionales amparen ese comportamiento asimétrico e inmoral.
Las consecuencias de la política comercial europea (unida a la de Estados Unidos y Japón) han sido el abandono de la producción autóctona en multitud de países de África, América Latina o Asia, la pérdida de millones de empleos, la sustitución de cultivos que satisfacían necesidades básicas de su población por los que mejor convienen a las cadenas de producción o distribución europeas, todo lo cual ha traído consigo desarraigo, miseria e incluso hambrunas. Y todo ello lo ha hecho, además, promoviendo en muchos casos gobiernos corruptos que facilitaran la salvaguarda de sus intereses comerciales (Ver el informe de Oxfam, La hipocresía de Europa. Por qué la UE debe reformar sus políticas comerciales con el mundo en desarrollo ).
No se favorece la paz en el mundo cuando lo que se está haciendo es crear hambre.
Como ha denunciado la organización Oxfam, la Unión Europea no ha querido regular los mercados financieros europeos para evitar que los inversores que especulen haciendo subir el precio de los alimentos y enriqueciéndose cada vez más pero dando lugar a que millones de personas no puedan alimentarse. Su política de biocombustibles produce la expulsión de miles de agricultores de sus tierras y el acaparamiento por parte de los grandes propietarios (normalmente empresas o bancos multinacionales), que además desvía el cultivo desde los productos que alimentan a la población hacia los que se destinan a producir combustible. Y la falta de convicción y decisión de sus dirigentes (o su complicidad con los grandes poderes insensibles al destrozo que provocan a nuestro planeta) en las negociaciones internacionales sobre el cambio climático impide resolver la principal amenaza que tiene la seguridad alimentaria en el mundo (Oxfam, Evitar la próxima crisis alimentaria mundial. El papel de la Unión Europea para alcanzar justicia alimentaria en un mundo con recursos limitados ).
Por otro lado, la forma en que la Unión Europa se empeña en hacer frente a la crisis, solo con el fin de salvar así los intereses de las grandes empresas y de los bancos, tampoco contribuye ni mucho menos a la paz.
Todos los estudios y evidencias científicas muestran que las políticas de recortes sociales como las que se vienen aplicando producen muertes y el aumento de enfermedades de todo tipo, como hemos mostrado Vicenç Navarro y yo en nuestro último libro Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero .
Ya se ha empezado a comprobar que el ajuste impuesto a Grecia ha ido acompañado de un aumento de los suicidios (un 40% más en el primer semestre de 2011 respecto al mismo periodo de 2010), de los homicidios, de problemas de salud mental y de las infecciones por VIH. Y también es posible prever ya los efectos que tendrá sobre la mortalidad y la aparición de enfermedades en Europa la reducción del gasto social que ya han empezado a llevar a cabo los gobiernos, como el español. Varios estudios empíricos de David Stuckler y colaboradores estiman que por cada 80 euros recortados por persona en ayudas a desempleados, discapacitados, jubilados, familias y niños, la mortalidad general puede incrementarse casi un 1% (0,99%), la debida a problemas relacionados con el alcohol un 2,8%, la ocasionada por tuberculosis un 4,3% y la cardiovascular un 1,2% (David Stuckle, et al. The public health effect of economic crises and alternative policy responses in Europe: An empirical analysis. Lancet 374 (9686), 2009).
Los ajustes de la Unión Europea no traen la paz sino que matan, literalmente hablando, y van a seguir matando a millones de personas al detraer recursos de los servicios públicos para dárselos a la banca y a las grandes corporaciones, y eso no es precisamente contribuir al disfrute por todos de los derechos humanos y la democracia.

La broma más abyecta del año

Premio Nobel de la Paz: Unión Europea
La broma más abyecta del año


Con quince líneas es suficiente. La rabia estalla en venas y arterias. Mientras las desigualdades sociales alcanzan límites nunca imaginados en la mayoría de los países que forman la Unión Europea. Mientras el desempleo superan cifras nunca conocidas ni siquiera conjeturadas. Mientras las clases trabajadoras pierden uno tras otro derechos que han costado décadas conseguir tras esfuerzos inenarrables. En el mismo momento en que países como Portugal, Grecia, Irlanda o España son intervenidos de facto, ven mermada su supuesta soberanía y destrozada su democracia y sus ya demediados Estados de bienestar son arrojados al basurero de los trastes inútiles e ineficaces de la Historia, en el mismo momento en que una desalmada y antihumanista cosmovisión neoliberal pone sus botas de mando, corrupción y desvergüenza en todas las ciudades del continente de Erasmo, Bruno, Thomas Münzer, Servet, Galileo, Robespierre y De Las Casas, en ese mismo momento, decía, el Nobel de la Paz de 2012 ha sido concedido a la Unión Europea. ¡Los grandes banqueros de la Unión, las grandes fortunas europeas, los grandes diseñadores de este mundo de impiedad y desvergüenza, están abriendo sus botellas de champagne mientras ríen satisfechos por su poder inconmensurable! ¡El Nobel a los pies de sus caballos! Como con Kissinger, como con Obama.
¿De qué paz hablan realmente? De esta: la troika que dirige la vida y destino de centenares de millones de ciudadanos y ciudadanas ha pedido y exigido desalojar islas griegas con poca población, sus pobladores pueden alojarse en cualquier otro lugar. No les importan un pimiento. Es para ahorrar costes al Estado.
¿Premio de Paz ante actos institucionales violentos de esta magnitud?