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“El capitalismo ha entrado en lógicas de destrucción”. Entrevista Saskia Sassen · · · · ·



Hoy en Bilbao, la víspera en Nueva York, mañana en el Reino Unido: entre dos aviones, Saskia Sassen, profesora de sociología en la Universidad de Columbia, en Nueva York, discurre, debate, provoca. Desde hace veinte años, escruta la mundialización en todas sus dimensiones, económicas, financieras, políticas, sociales y medioambientales. Cosmopolita, esta políglota nacida en los Países Bajos en 1949, creció en Buenos Aires antes de estudiar en Francia, en Italia y en los Estados Unidos. En estos días publica en los Estados Unidos Expulsions. Brutality and Complexity in the Global Economy (Harvard University Press). La entrevista Olivier Guez para el diario parisino Le Monde.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                               En En su nuevo libro, adelanta usted que la mundialización ha entrado en una fase de «expulsión». ¿Qué entiende por ello?

En estos dos últimos decenios, un número creciente de personas, de empresas y de lugares físicos han sido como «expulsados» del orden económico y social. Algunos trabajadores pobres carecen de cualquier clase protección social. Nueve millones de familias norteamericanas perdieron su hogar tras la crisis de las subprime. En las grandes metrópolis del mundo entero, las «clases medias» se ven poco a poco expulsadas del centro de las ciudades, inaccesibles ya a su bolsillo. La población carcelaria norteamericana ha aumentado en un 600 % en estos últimos cuarenta años. La fracturación hidráulica de los suelos para extraer gas de esquisto transforma en desierto los ecosistemas, se contaminan el suelo y el agua, como si se expulsaran de la biosfera trozos de vida. Centenares de miles de aldeanos han sido desalojados desde que potencias extranjeras, estatales y privadas, han ido adquiriendo tierras en las cuatro esquinas del mundo: desde 2006, 220 millones de hectáreas han sido objeto de compra, principalmente en África.

Todos estos fenómenos, sin vínculos manifiestos, ¿responden, en su opinión, a una lógica única?

Están desconectados en apariencia unos de otros y cada uno se explica por separado. La suerte de un desempleado excluido no tiene evidentemente nada que ver con la de un lago contaminado en Rusia o en los EE.UU. No impide que, a mi modo de ver, se inscriban en una nueva dinámica sistémica, compleja y radical, que exige un marco de lectura inédito. Tengo la sensación de que en estos últimos años hemos franqueado una línea invisible, como si hubiéramos pasado al otro lado de «algo». En muchos terrenos – economía, finanzas, desigualdades, medio ambiente, desastres humanitarios –, las curvas se acentúan y las «expulsiones» se aceleran. Sus víctimas desaparecen igual que se hunden los barcos en alta mar, sin dejar rastro, por lo menos en la superficie. Ya no cuentan.

¿Qué diferencia hay entre un «excluido» y un «expulsado»?

El excluido es una víctima, un infortunado más o menos marginal, una anomalía en cierto modo, mientras que el expulsado es consecuencia directa del funcionamiento actual del capitalismo. Puede ser una persona o una categoría social, como el excluido, pero también un espacio, un ecosistema, una región entera. El expulsado es producto de las transformaciones actuales del capitalismo, que ha entrado, a mi modo de ver, en lógicas de extracción y de destrucción, su corolario.

¿Es decir?

Antes, durante los «treinta gloriosos» en Occidente, pero también en el mundo comunista y el Tercer Mundo, pese a sus fracasos, el crecimiento de las clases obreras y medias constituía la base del sistema. Predominaba una lógica distributiva e inclusiva. El sistema, con todos sus defectos, funcionaba de esta manera. Ya no es el caso. Esa es la razón por la que pierden pie la pequeña burguesía e incluso una parte nada despreciable de las clases medias. Sus hijos son las principales víctimas: han respetado las reglas del sistema y han hecho concienzudamente todo lo que se exigía de ellos – estudios, prácticas, bastantes sacrificios – con el fin de proseguir la ascensión social de sus  de sus padres. No han fracasado y, sin embargo, el sistema les ha expulsado: no hay sitio suficiente para ellos.

¿Quiénes son los «expulsores» ?

No hablo de algunos individuos, ni siquiera de  multinacionales obnubiladas por sus cifras de negocios y su cotización en la Bolsa. Para mí se trata de «formaciones predadoras»: una combinación heteróclita y geográficamente dispersa de directivos de grandes empresas, de banqueros, de juristas, de contables, de matemáticos, de físicos, de élites globalizadas secundadas por capacidades sistémicas extremadamente poderosas– máquinas, redes tecnológicas… – que agregan y  manipulan saberes y datos tan compuestos como complejos, inmensamente complejos, a decir verdad. Nadie controla el conjunto del proceso. La desregulación de las finanzas, a partir de los años 80, ha permitido poner en pie esas formaciones predadoras y la clave son son los productos derivados, funciones de funciones que multiplican las ganancias lo mismo que las pérdidas y permiten esta concentración extrema e inédita de riquezas.

¿Cuáles son las consecuencias del paradigma que usted describe?

Amputadas de los expulsados – trabajadores, bosques, glaciares… –, las economías se contraen y la biosfera se degrada, el recalentamiento del clima y la fundición del permafrost se aceleran a una velocidad inesperada. La concentración de riquezas alienta los procesos de expulsión de dos tipos: el de los más desfavorecidos y el de los superricos. Se abstraen de la sociedad en la que viven físicamente. Evolucionan en un mundo paralelo reservado a su casta y ya no asumen sus responsabilidades cívicas. En resumen, el algoritmo del neoliberalismo ya no funciona.

El mundo que usted describe es muy sombrío. ¿No carga un poco las tintas?

No creo. Saco a la luz fenómenos subyacentes, todavía extremos para algunos. Y la lógica que denuncio coexiste con formas de gobernación más refinadas y más sofisticadas. Mi objetivo estriba en hacer sonar la señal de alarma. Estamos en un momento de vaivén. La erosión de las «clases medias», actor histórico fundamental de los dos siglos precedentes y vector de la democracia, me preocupa especialmente. En el plano político es muy peligroso, se constata por doquier de ahora en adelante.

¿Cómo resistirse a estas formaciones predadoras?

Es difícil: debido a su naturaleza compleja, estos amontonamientos de individuos, de instituciones, de redes y de máquinas son difícilmente identificables y localizables. Dicho esto, creo que el movimiento Occupy y sus derivados «indignados», a saber, las primaveras árabes o las manifestaciones de Kiev, pese a contextos sociopolíticos eminentemente diferentes, son respuestas interesantes. Los expulsados se reaproprian del espacio público. Anclándose en un «agujero» – siempre una plaza mayor, un lugar de paso – y poniendo en marcha a una sociedad local  temporal hipermediatizada, los expulsados, los invisibles de la mundialización crean territorio. Aun cuando no tengan ni reivindicaciones precisas ni dirección política, reencuentran una presencia en las ciudades globales, esas metrópolis en las que la mundialización se encarna y se despliega. A falta de apuntar a un lugar de autoridad identificado con sus sinsabores – un palacio real, una asamblea nacional, la sede de una multinacional, un centro de producción… -, los expulsados ocupan un espacio indeterminado simbólicamente fuerte en la ciudad para  reivindicar sus derechos pisoteados de ciudadanos.

¿En qué desembocan, en su opinión?

Si los considera como cometas, la suerte está echada, en efecto. Yo tengo tendencia a asimilarlos a un inicio de trayectoria, y cada «ocupación» constituye una piedrecita. ¿Se trata del embrión de un camino? No lo sé. Pero el movimiento de las nacionalidades en el siglo XIX y el feminismo comenzaron también con pequeños toques, hasta que las células disparen comenzaron a llevar a cabo su conjunción y formar un todo. Estos movimientos acabarán quizás por incitar a los estados a lanzar iniciativas globales en el terreno del medio ambiente, del acceso al agua y a los alimentos. .

¿Qué acontecimiento podría desencadenar la «conjunción»?

Una nueva crisis financiera. Acabará por llegar, estoy segura. Paso las finanzas por la criba desde hace treinta años: los mercados son demasiado inestables, hay que analizar demasiados datos, demasiados instrumentos, demasiado dinero, Occidente ya no es el único en regir los mercados. No sé cuándo intervendrá esta crisis ni cuál será su amplitud, pero tengo la impresión de que algo se cuece a fuego lento. De hecho, tenemos todos la impresión de que el sistema es muy frágil.

Saskia Sassen (1949), célebre especialista en diversos aspectos de la globalización, el urbanismo y las migraciones humanas, es catedrática de Sociología en la Universidad de Columbia en Nueva York y profesora visitante en la London Schoool of Economics. En 2013 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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Le Monde, 26 de abril de 2014
ATTAC CyL  no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización. 

Encuentros con ATTAC en Salamanca: La larga marcha del neoliberalismo

Los Encuentros con ATTAC comienzan en Salamanca el próximo 28 de enero con la charla-coloquio "La larga marcha del neoliberalismo" impartida por Honorio Cardoso. El acto tendrá lugar en la Sala 2 del Centro Municipal "Julián Sánchez El Charro" a las siete de la tarde.



ATTAC es una organización internacional surgida en torno a la reivindicación de gravar los movimientos de capital con una tasa, la Tasa Tobin, transformada en el Impuesto Robin Hood desde 2011. 
Los procesos de desregulación y de control, propugnados por los poderes financieros, y el avance de las políticas neoliberales de vaciamiento democrático, triunfantes desde los años finales del siglo XX, han impulsado y reforzado el papel de esta organización como movimiento de acción ciudadana. Hoy intentamos ser especialmente activos frente a los desmanes y recortes sociales de los gobernantes y organismos internacionales que han utilizado la crisis como excusa para imponer, legitimar y reproducir el proyecto de barbarie y el sueño de una sociedad de siervos que alientan los grandes poderes sociales y económicos del sistema capitalista.
Entendemos que, en esta lucha, el espacio de confrontación cultural y simbólica adquiere especial relevancia y con ese objetivo ponemos en marcha estos Encuentros que inicialmente se articulan en torno a estos asuntos:
  • La larga marcha del neoliberalismo. Honorio Cardoso. 28 de enero.
  • Hay alternativas. Ramón García. 25 de febrero.
  • La indefensión aprendida. Alberto Marcos. 25 de marzo.
  • Propaganda y manipulación del pensamiento. Mario España. Abril
  • La reforma del sector eléctrico. Cristina Simal. Mayo.


LA LARGA MARCHA DEL NEOLIBERALISMO

Los medios de comunicación están  difundiendo (y reforzando) una imagen sobre la inevitabilidad del modelo social que conocemos como neoliberalismo. Esta cualidad suele aparecer asociada a otra (tan interesada como la anterior) del neoliberalismo como realidad natural. Finalmente, el círculo acostumbra a cerrarse con el añadido del triunfo rápido de este sistema,  éxito coherente con ese carácter natural e inevitable con el que simbólicamente se le adorna. Frente a tal pretensión,  esta intervención pretende exponer, de manera sintética,  la realidad histórica del neoliberalismo y, en cuanto tal, realidad social, construida y cuestionable.

Entrevista con David Harvey: El neoliberalismo como “proyecto de clase”

David Harvey retoma el análisis de la crisis del capitalismo, evoca las transformaciones de la clase obrera, la situación en Europa y en EE UU, el papel que pueden desempeñar los intelectuales críticos, y defiende la necesidad de construir una visión utópica si se desea cambiar el mundo.

 David Harvey es geógrafo y profesor investigador de la City University de Nueva York. Sus escritos abordan en particular la dinámica reciente del capitalismo y la urbanización desde una perspectiva marxista.
Traducción: VIENTO SUR Tomado de: http://www.kaosenlared.net/componen…
Pregunta – Usted ha teorizado la adopción del neoliberalismo como una transición del fordismo a un régimen de acumulación flexible /1. ¿Cree que la crisis económica que estalló en 2008 demuestra el fracaso de este modo de acumulación flexible?
David Harvey – Esto depende de la manera en que se define el modelo de acumulación flexible. Si se concibe el modelo para revitalizar el capitalismo en su conjunto, yo diría que sí, pero que ya fracasó desde el principio. Si el modelo se diseñó para concentrar y aumentar el poder de la clase capitalista, y en particular de determinadas franjas de la clase capitalista, ha sido todo un éxito. El crack de 2008 no fue sin duda un acontecimiento especial si se contemplan todos los cracks que han tenido lugar desde 1997: el de Asia oriental y sudoriental en 1998, los de Sudamérica en 2001. Todo ese periodo se caracterizó por breves etapas de crecimientos interrumpidas por otros tantos cracks, pero es indiscutible que estos cracks desempeñaron una función muy importante en la consolidación de una riqueza y poder cada vez mayores en fracciones cada vez más pequeñas de la clase capitalista. Creo que 2008 marcó simplemente un paso más en esta vía hacia la concentración de riqueza y poder. Por mi parte, comprendo el neoliberalismo ante todo como un proyecto de clase, de consolidación y de refuerzo de la dominación. Creo que 2008 no marcó el final de todo esto, una crisis de este proyecto de clase, sino un paso más.
Pero se podría decir que el liberalismo también era un proyecto de clase. ¿Cuál es entonces la diferencia entre el liberalismo y el neoliberalismo?
Creo que la diferencia radica en el hecho de que el proyecto de clase que se planteó a finales de la década de 1960 y comenzó a cristalizar realmente a mediados de la de 1970 estaba mucho más centalizado, en la medida en que el poder se había desplazado significativamente a favor del sector financiero. Este último se convirtió en cierto modo en el agente principal. No ocurrió lo mismo con el liberalismo. En la época del liberalismo se entendía que el sector financiero debía facilitar la actividad productiva y su función era más la de un lubricante que la de un motor del proceso de acumulación. Creo que el neoliberalismo se caracteriza en mayor medida por lo que llamo la acumulación por desposesión que no por las formas clásicas de acumulación por expansión, por crecimiento, formas clásicas que en determinados periodos no estaban en contradicción con la idea del aumento del nivel de vida de los trabajadores. En muchas partes del mundo, el aumento del nivel de vida de los trabajadores en las décadas de 1960 y 1970 pudo producirse en una época en que las tasas de acumulación eran muy altas. Era un periodo en que los poderes financieros eran significativos, pero no predominantes. Después surgió esta economía caracterizada mucho más por la desposesión, a partir de los años setenta.

El legado de la Sra. Thatcher.

Dossier
Ann Pettifor · Will Hutton · Gary Younge 


Este Dossier sobre el legado de Margaret Thatcher viene a completar la perspectiva abierta la semana pasada con el artículo de Michael Hudson y Jeffrey Sommers (“El legado económico de la Sra. Thatcher”: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5877), y consta de los siguientes textos:
1) Ann Pettifor y Douglas Coe: El legado económico de Thatcher
2) Will Hutton: Si de veras nos había salvado la revolución de Thatcher, ¿por qué está hoy Gran Bretaña hecha un desastre?
3) Gary Younge: La Dama de Hierro ha muerto, pero el thatcherismo sigue vivo



1) Ann Pettifor y Douglas Coe: El legado económico de Thatcher
Resulta irónico que el funeral de Margaret Thatcher vaya a tener lugar en la catedral de St. Paul’s, ubicada en plena City de Londres. El mundo que rodea al gran monumento de [Sir Christopher] Wren está empezando a desenmarañarse como resultado de las fuerzas de liberalización que ella ayudó a desencadenar. Los bancos están en bancarrota, se han perdido miles de empleos y la reputación de honra y juego limpio arduamente ganada por la City yace hecha jirones.
La acción más fundamental de la era de Thatcher en la economía consistió en intensificar la liberalización del sector financiero. Esto lo dicto la City y lo respaldaron los primeros economistas monetaristas. 
La inflación de la década de 1970 la provocó originariamente esta liberalización y expansión del crédito, a escala nacional e internacional: demasiado dinero a la caza de pocos bienes y servicios. El auge del periodo [Nigel[ Lawson [ministro de Economía de Thatcher] a finales de los 80, siguiendo los pasos de los recortes gubernamentales, se produjo mientras la masa monetaria volvía a desquiciarse. Desde el inicio de la liberalización de las finanzas a fines de los años 60, la economía mundial ha ido como por una montaña rusa, impulsada por repetidos ciclos de excesos financieros, inflaciones, fracaso y recorte económicos. El auge casi unánimemente celebrado de 1992-2007 fue una ilusión sólo posible gracias a una inflación de la deuda de un tipo más grave que la de los años 30.

El legado económico de la Sra. Thatcher, reina madre de la austeridad y la financiarización globales


Michael Hudson · Jeffrey Sommers
Normalmente observamos la convención de abstenerse de hablar mal de los que acaban de morir. Pero es lo más probable que la propia Margaret Thatcher no tuviera nada que objetar a un epitafio centrado en el legado económico de su profesado objetivo político: desmantelar “irreversiblemente” el sector público británico. Atacando la planificación central estatal, lo que hizo fue desplazar esa planificación para dejarla en unas manos financieras harto más centralizadas: una City de Londres no estorbada económicamente por la regulación financiera y “libre” de cualquier regulación antimonopólica seria de precios.
La Sra. Thatcher transformó el carácter de la política británica encabezando un gobierno parlamentario democráticamente elegido que permitió a los planificadores financieros desbaratar el sector público con el asentimiento popular. Como su coetáneo, el actor Ronald Reagan, narró un atractivo cuento, cuya trama era la recuperación de la economía. La realidad, ni que decir tiene, resultó en un encarecimiento del coste de la vida y del coste de la actividad empresarial. Pero ese juego de suma cero convirtió las pérdidas económicas en inopinadas ganancias para la feligresía del Partido Conservador en el sector bancario británico.
Al poner con precios de barato en almoneda British Telephone y otros grandes monopolios públicos, dio a entender que los consumidores serían los grandes beneficiarios, y no las grandes entidades financieras. Y al dar a los suscriptores una asombrosa comisión del 3% (basándose en el antecedente de la salida a bolsa de empresas incipientes mucho más pequeñas), la Sra. Thatcher presidió el inicio de la Gran Polarización británica entre el 1% acreedor y el 99% crecientemente endeudado.
So pretexto de combatir a los buscadores públicos de rentas, abrió puertas y ventanas a los buscadores de rentas en el sentido económico clásico del término: rentas del suelo en el sector de los bienes raíces (con ganancias de “capital” hinchadas por la deuda), hasta encarecer la propiedad británica a tal punto, que los empleados que trabajan en Londres se ven ahora obligados a vivir fuera y a viajar en unos carísimos ferrocarriles privatizados para acudir a sus puestos de trabajo. La privatización creó también enormes oportunidades nuevas para las rentas monopólicas dimanantes de los servicios público privatizados, además de posibilitar ganancias financieras predatorias a una banca crecientemente predatoria.
La finanza ha sido la madre de los monopolios al menos desde que los holandeses y otros acreedores extranjeros ayudaron a Inglaterra a constituir la Compañía de las Indias Orientales en 1600, el Banco de Inglaterra en 1694 y otros monopolios comerciales que culminaron en la Compañía de los Mares del Sur en la segunda década del siglo XVIII.
En el momento en que Margaret Thatcher llegó a Primera Ministra, en 1979, Gran Bretaña llevaba un siglo de enormes inversiones en infraestructuras públicas. Los ejecutivos financieros vieron esa imponente estructura de mando como un conjunto de potenciales monopolios transformables en una suerte de munificentes vacas muñideras capaces de suministrar torrentes de efectivo y enriquecer a la alta finanza. La Sra. Thatcher se convirtió en la principal animadora de esta orgía, el mayor y más manirroto regalo del siglo: las ganancias de la City de Londres fueron la ruina de la economía industrial. Los señores británicos de las finanzas se convirtieron en el equivalente de los grandes barones ladrones de los ferrocarriles en la Norteamérica del siglo XIX, la elite dominante que hoy regenta el derrotadero de decadencia que es la austeridad neoliberal.
Su desempeño como Primera Ministra parecía emular el papel de Peter Sellers enBienvenido Mr. Chance. Era resultona en televisión, precisamente porque su filosofía era una secuencia recosida de fragmentos sonoros simplificadores de complejos problemas sociales y económicos, espástica y palabreramente reducidos a banal psicodrama personal. La habilidad de la Sra. Thatcher para ocultar tras ese telón la gran polarización financiera y económica y la “barra libre” financiera en curso le permitió distraer la atención sobre las consecuencias de lo que Harold Macmillan llamó “la venta de la cubertería de plata de la familia”. Era como si la economía fuera una charcutería familiar de clase media tratando de cuadrar la contabilidad del pequeño negocio de acuerdo con los consejos de su banquero y a costa de unos salarios en proceso de contracción a causa de los precios al alza de las necesidades básicas.

Margareth Thatcher: el ángel de la muerte



Comparto la portada de Liberation dedicada a la muerte de Margareth Thatcher, cuyas políticas no sólo implantaron las ideas del ultraliberalismo (o neoliberalismo) que fueron seguidas con entusiasmo por Ronald Reagan en Estados Unidos en una avanzada global, sino que propiciaron la mayor desigualdad social y transformaron radicalmente el mundo, arrastrándolo a la crisis que vivimos hoy.
Ver más en: La lenta agonía de la era Thatcher; El origen del neoliberalismo


Jaque al Neoliberalismo


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La catástrofe griega en tres generaciones de trabajadores

James Petras analiza en este artículo a las tres generaciones que hoy conviven bajo el mismo techo en Grecia: abuelos, padres e hijos, al tiempo que afirma que "la prolongada depresión capitalista –que nunca acaba y sigue empeorando- ha provocado una profunda ruptura en el ciclo de vida y en las experiencias vitales".

James Petras, ANRed

 Continua  en   Jaque al neoliberalismo 


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Neoliberalismo, pobreza y hambre en España



Marcos Roitman Rosenmann — Comité Científico de ATTAC España
Las 10 de la noche es la hora habitual de cierre de los supermercados. Mientras las cajeras hacen cuentas, otros empleados pasan revista a los productos que deben ser retirados. Alimentos a punto de caducar y aquellos que, por su deterioro, pierden valor de cambio. Dichas piezas no son destruidas: se entregan a instituciones de beneficencia, bancos de alimentos, albergues o comedores populares. Conceptualizadas como donaciones, constituyen una fuente de abastecimiento de ONG. En España esta actividad nunca desapareció, aunque en los años 60 del siglo pasado fue perdiendo peso. Se constituyó en un aspecto residual que afectaba, mayoritariamente, a quienes, voluntariamente, decidían vivir como vagabundos. Visibles para los servicios sociales y entidades caritativas, no
representaban un problema social ni político. La imagen tradicional del vagabundo se completaba con alcohólicos, perturbados mentales y una minoría de excluidos. Personas mayores, solitarias, que pernoctaban en albergues municipales. Sin embargo, era infrecuente verlos en las calles o pidiendo limosna. Se ubicaban en las iglesias y en horario de misa. Por caridad cristiana.
A finales del siglo XX, la realidad dio un vuelco. La pobreza urbana no era consecuencia del desajuste estructural de una sociedad que carecía de bienes y servicios o sufría las consecuencias de la migración campo-ciudad. Quienes demandaban servicios sociales de beneficencia eran un sector más heterogéneo. Se incorporaron jóvenes drogadictos, parados de larga duración y una población emigrante, apodada como rumanos gitanos. En los semáforos más congestionados de las grandes ciudades surgían actividades limosneras impensables. Limpiaparabrisas, vendedores de pañuelos, aparcacoches. Más adelante se incorporaron discapacitados físicos, madres con hijos en brazos y menores de edad. A medida que proliferaban, se les achacó ser responsables del aumento de la inseguridad ciudadana. Represión, traslado al extrarradio y cárcel, fue la respuesta. Las Olimpiadas de Barcelona y la Expo Universal de Sevilla en 1992 consagraron la acción represiva. El crecimiento de la marginalidad se definió como un fenómeno pasajero, producto de la inmigración ilegal, de los sin papeles y la drogadicción. En definitiva, pura coyuntura. Ajustar y aplicar leyes restrictivas a la inmigración fue la solución. España era un país pujante, con su economía en crecimiento; no había razón para alarmarse.
Por contraste, los informes socioeconómicos señalaban una realidad diferente. En la última década del siglo XX el paro, la privatización y el cierre de servicios sociales hablaban de un aumento en el número de hogares donde la pobreza crecía y se tornaba crónica. La desigualdad aumentaba, afectando directamente a los hogares cuya renta básica bordaba los límites de la exclusión. Las familias más vulnerables presentaban un cuadro alarmante. Apenas podían hacer frente a las hipotecas. Con sueldos que perdían poder adquisitivo y los efectos de las primeras reformas laborales, se entraba en un callejón sin salida. El neoliberalismo sólo producía desigualdad, pobreza, exclusión y abría la puerta al jinete apocalíptico del hambre. Y lo más sangrante, la pobreza infantil hacía su aparición. El trabajo basura a tiempo parcial agravó la pobreza en las clases populares, y el ingreso de España al euro fue la puntilla. El reajuste generó una inflación encubierta y el nacimiento del sector social llamado mileuristas. Salario insuficiente para cubrir alimentación, vestimenta, casa, educación y ocio. Fue el comienzo del fin de la sociedad de las clases medias y la pauperización de las clases populares.