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Salamanca: Medios de comunicación y democracia

EVENTO EN FACEBOOK

La charla debate tendrá lugar el miércoles 25 de marzo en la sala 1 del Centro Municipal Integrado "Julian Sánchez EL Charro".


Este nuevo Encuentro con ATTAC, organizado por Attac Castilla y León tratará de un asunto plenamente candente en un denso año electoral como el que estamos viviendo: Medios de comunicación y democracia.

Sin medios de comunicación libres no hay democracia. Pero, ¿a qué intereses sirven los medios de comunicación existentes? ¿De quiénes son? ¿De quiénes pueden y deben ser? ¿Son los periodistas libres en su trabajo? ¿Cómo afecta la precariedad laboral de los periodistas en su trabajo? ¿Qué peso deben tener los medios en la sociedad, y los periodistas en los medios?

Contará con las intervenciones del docente e investigador universitario Eduardo Albán Gallo y la periodista Rosana Hernández Nieto.









El líder de la izquierda griega Alexis Tsipras, presidente de SYRIZA, hace un llamamiento a la socialdemocracia europea


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Discurso de  Alexis Tsipras, presidente del partido SYRIZA de Grecia, en el Kreisky Fórum de Viena ante socialdemócratas austriacos. La pronunció hace una semana, ante socialdemócratas austriacos, en el que hace mención de la reaparición del nazismo ante las políticas de austeridad impuestas por la “Troika”, recordándonos el desplome financiero y económico de 1929 y el ascenso del fascismo en la Europa central y septentrional. 

Continua en Malestar ciudadano

ATTAC Castilla y León no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

Revolución ciudadana

Ignacio Ramonet

Un país endeudado y sometido a los dictados de organismos financieros internacionales; con una clase política mediocre, corroída por la corrupción y detestada por la opinión pública; una desconfianza general hacia las instituciones; un Estado desprovisto de soberanía monetaria; con un sistema bancario estafador y ladrón; un paro masivo; una infame ley de hipotecas y miles de desahucios... ¿Hablamos de la España de hoy? No, del Ecuador de antes de 2006, de antes de la “revolución ciudadana” impulsada por Rafael Correa, brillantemente reelegido presidente el pasado 17 de febrero (1).

Cuando Correa triunfó por primera vez, en noviembre de 2006, el Ecuador estaba saliendo de una década de crisis, protestas e inestabilidad. Con tres presidentes (Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez) derrocados por insurrecciones populares, una quiebra masiva del sistema financiero, una banca corrupta, un endeudamiento colosal, huelgas generales, insurrecciones indígenas y revueltas sociales de todo tipo. El país parecía ingobernable. Hasta que llegó este economista poco convencional, forjado en el trabajo social y solidario cerca de los pueblos originarios, impregnado de las tesis de justicia de la Teología de la liberación, formado en universidades de Bélgica y Estados Unidos, simpatizante y asiduo del Foro Social Mundial y adversario declarado de la política de “ajustes estructurales” impulsada, en los años 1990,  por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en toda América Latina.

Para su primera campaña electoral, Rafael Correa fundó el movimiento Alianza PAIS (Patria Altiva i Soberana) y propuso un referéndum para una Asamblea constituyente que redactase una nueva Constitución. Ganó. Y en su discurso de toma de posesión anunció con claridad cuál sería su proyecto para Ecuador: “La lucha por una ‘Revolución Ciudadana’, consistente en el cambio radical, profundo y rápido del sistema político, económico y social vigente”.

Y cumplió su promesa. Lo que le valió, el 30 de septiembre de 2010, una tentativa de golpe de Estado que a punto estuvo de costarle la vida (2). Pero también le deparó el apoyo arrasador de la mayoría de los ecuatorianos. Entre elecciones y referendos, la del 17 de febrero es la novena victoria en las urnas de Rafael Correa. De tal modo que este joven presidente, que aún no ha cumplido los cincuenta años (nació en abril de 1963), se ha convertido en uno de los líderes indiscutibles de la nueva América Latina. En sus seis años de gobierno, “refundó –como dice él– la patria” con la nueva Constitución (aprobada por referéndum en 2008), inició la era del ‘Buen Vivir’ (3), renegoció con éxito la deuda externa de su país y frenó los estragos del neoliberalismo confiriéndole al Estado un papel decisivo en lo económico y lo político. Ahora, su mandato irá hasta 2017, y entonces cumplirá una década en el poder.

Nos encontramos con él, en Quito, unos días antes del escrutinio. En una reunión con los observadores independientes internacionales invitados por el Consejo Nacional Electoral (CNE) para dar testimonio de la pulcritud democrática de la elección (4).

Con el objetivo de consagrarse plenamente a la campaña y no ser acusado de usar bienes públicos, Rafael Correa decidió descargarse de la función ejecutiva de la Presidencia y solicitar a la Asamblea nacional una licencia de 30 días durante los cuales esa función sería ejercida por el vicepresidente Lénin Moreno. Un rasgo de honradez política que, a escala internacional, resulta insólito y ejemplar. Ninguna ley lo conminaba a ello. Excepto su propia exigencia ética.

Empieza su conversación citando a Eloy Alfaro (5): “No buscamos nada para nosotros, todo para el pueblo”. “Aquí –añade Correa– ya no manda el FMI, ni la oligarquía; aquí ahora manda el pueblo. Y si éste nos apoya es que hemos hecho lo que prometimos: escuelas, hospitales, carreteras, puentes, aeropuertos... A pesar de las campañas mediáticas de deslegitimización contra nosotros y de los ataques de una prensa sin escrúpulos, vamos a ganar estas elecciones –las más democráticas y transparentes de la historia del Ecuador– de manera arrolladora. Pero no las vamos a ganar para recrearnos en el éxito; las vamos a ganar para gobernar mejor y para ahondar los cambios que venimos impulsando”.

En sus seis años de gobierno, Rafael Correa ha transformado efectivamente su país. Como ningún otro gobernante ecuatoriano antes que él. Cuatro indicadores económicos resumen, mejor que mil palabras, el triunfo de su política: en toda la historia de Ecuador, la tasa de inflación nunca fue más baja; el crecimiento nunca tan elevado; el desempleo tan reducido y el salario real tan alto. Los emigrantes que, huyendo del derrumbe español, regresan a Ecuador sienten mejor que nadie el nuevo bienestar económico. Constatan que se acabó el caos, el desmadre y la fragmentación política; que hay estabilidad y equidad social con dignidad; un gobierno de verdad que ha disciplinado a las clases pudientes; un gobierno de izquierdas pero desprovisto de los excesos ilusorios del izquierdismo palabrero; en suma, un gobierno de izquierdas que está tranformando para siempre el Ecuador.

Bastaba pasearse por las calles de Quito o de otros lugares del país, asistir a algún mítin del presidente Correa para sentir el excepcional efecto de su carisma, el fervor de la gente, la bulliciosa adhesión popular a su persona, a su programa y a los principios de la “revolución ciudadana”.

“Aquí –dice Correa– todo se había convertido en mercancía. Mandaban los bancos y los inversores extranjeros. Se había privatizado la sanidad, la enseñanza, los transportes,... ¡todo! Eso se terminó. Volvió el Estado y ahora garantiza los servicios públicos. Estamos invirtiendo el triple en presupuestos sociales, salud, escuela, hospitales gratuitos.... Hemos acabado con el neoliberalismo. Una izquierda moderna no puede odiar el mercado, pero el mercado no puede ser totalitario. Por eso hemos cambiado radicalmente la economía, ahora es la sociedad la que dirige el mercado y no lo inverso. El ser humano es lo primero, antes que el capital. Cambiamos la ley de hipotecas, que era igual que la española, y pusimos fin a los desahucios. Dijimos: ‘¡No pagamos la deuda!’, y conseguimos rescatarla por el 30% de lo que nos pedían. Hoy Ecuador es la economía que más reduce la desigualdad. Queremos vencer la pobreza. Hemos consolidado los derechos laborales de los asalariados y acabado con la tercerización, esa forma de esclavismo contemporáneo. Estamos haciendo una ‘revolución ética’, combatiendo la corrupción con mayor ahinco que nunca y con una consigna fundamental a todos los niveles: ‘¡Manos limpias!’. Ya no se permite la evasión fiscal. Nuestra revolución es también integracionista y latinoamericana porque estamos decididos a construir la Patria Grande soñada por Bolívar. Es asimismo una revolución ambiental. Nuestra Constitución es una de las pocas en el mundo –quizás la única– que reconoce los derechos de la naturaleza. Como lo digo a menudo: no estamos viviendo tiempos de cambio, sino un cambio de época. No se trata de superar el neoliberalismo, se trata, sencillamente, de cambiar de sistema. Y ese cambio exige la modificación de la relación de poder. Ir hacia un poder popular”.

ATTAC Castilla y León con la Marea Ciudadana del 23F


Desde ATTAC Castilla y León queremos manifestar nuestro más firme y decidido apoyo a la Marea Ciudadana contra los recortes y por una verdadera democracia convocada para el próximo día 23 de febrero por lo que invitamos a nuestros simpatizantes y asociados a que se unan a las movilizaciones que se producirán tanto en localidades de nuestra comunidad autónoma como a la manifestación de Madrid.

ATTAC como colectivo persigue como fin de su actividad la consecución de una Justicia Económica Global. Las actuales políticas del gobierno estatal y autonómico profundizan en continuas injusticias económicas y sociales rebajando continuamente la dignidad de las condiciones de vida de los ciudadanos y particularmente de aquellos colectivos más desfavorecidos (mujeres, infancia, discapacitados, enfermos, mayores, parados, victimas de desahucios…). Todo ello bajo las exigencias casi dictatoriales de los grandes poderes financieros y empresariales que se benefician de esta crisis mediante la especulación y la disminución de los salarios de aquellos que aún conservan su trabajo en una región con una tasa de paro del 20,76% que alcanza a mas de 240.000 castellanos y leoneses.

No puede haber justicia alguna cuando se reducen los derechos sociales y se deterioran aceleradamente los servicios públicos con el objetivo de que unos pocos hagan negocio con ellos a costa del sacrificio de la mayoría con la excusa de una austeridad que no conduce más que al sucesivo empeoramiento de la coyuntura económica.

A todo ello se unen los sucesivos escándalos de corrupción de grandes empresarios, financieros y responsables políticos que afloran continuamente cuestionando la verdadera naturaleza de la democracia en nuestro país.

Existen soluciones alternativas válidas a esta situación cuya articulación requiere una movilización masiva, pacífica, decidida y contundente como respuesta legítima de los ciudadanos de Castilla y León. Por todo ello, nos unimos a los colectivos que el día 23 de febrero estarán en la calle en defensa de los derechos de todos.

15 de febrero de 2013.
ATTAC Castilla y León

Derecho de resistencia

El pueblo mismo está obligado a velar permanentemente por la democratización constante y sin paliativo

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón

Imaginemos que el poder proviene del pueblo. Lo sé, a estas alturas es mucho imaginar, pero hagamos un esfuerzo. Imaginemos que la soberanía nacional reside en la voluntad de la ciudadanía, que se organiza socialmente en régimen de libertad, de justicia y de paz, y sobre la base de la dignidad intrínseca de los seres humanos y de los derechos iguales e inalienables de todas y cada una de las personas. Imaginemos ahora, lo sé, hoy ya cuesta poco imaginarlo, que algunos han decidido que los derechos fundamentales son pura filfa, no pertenecen a las personas y deben ser regulados y recortados según las necesidades económicas y de acuerdo con los intereses de una supuesta clase nacional y supranacional, que dicta y manda en el mundo y en cada país. La vivienda digna, por ejemplo, deja de ser un derecho, para quedar sujeta a los vaivenes del “libre mercado”. O que el derecho al trabajo solo es regulado por el contrato único, los miniempleos, el despido libre y gratuito y la existencia de seis millones de parados. O que el gobierno asume, sin consultar al pueblo, que la deuda privada de los bancos y las grandes empresas es deuda soberana y del país entero, aunque apenas pueda pagar siquiera los intereses de dicha deuda, detrayendo todos esos gastos de las verdaderas necesidades de la gente. O que el gobernante trata a la educación y la sanidad como meras mercancías, rebajables a gusto de los intereses creados de la enseñanza privada y la sanidad privada.
Imaginemos ahora qué puede hacer un desempleado de larga duración que cobra mensualmente una prestación de 399 euros mensuales y tiene dos hijas en plena pubertad y adolescencia, respectivamente. O una persona anciana, privada de ayuda domiciliaria por recortes presupuestarios gubernamentales y cuya mayor preocupación en esos momentos es no morir sola, demasiado sola. O una madre que debe meter cada mañana en una fiambrera la comida de su hijo, alumno en una escuela de Primaria, que ya no tiene beca de comedor ni de material escolar. O el minusválido que ha de quedarse en casa por carecer del dinero que ahora le niega el Gobierno para disponer de una prótesis o una silla de ruedas. O una joven que, terminados sus estudios superiores, sobrevuela ya la treintena sin trabajo, sin otro currículum profesional que unos pocos contratos basura.
¿Qué pueden hacer, dime? ¿Qué puede hacer toda esa gente salvo rebelarse? Ya en 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclama que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos” (a. 1) y que “la finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión” (a.2). Sobre esta base, es razonable concluir que los gobiernos y las instituciones públicas que no se ocupen realmente de conservar los derechos cívicos, laborales, sociales, económicos y políticos de la ciudadanía pueden ser considerados ilegítimos. En otras palabras, la verdadera legitimidad de los gobiernos no descansa solo en obtener cada cuatro años un respaldo popular en las urnas, sino principalmente en la realización efectiva de los derechos ciudadanos, en todas sus vertientes, generalmente expuestos en los a menudo mendaces programas electorales de los partidos gobernantes.
El artículo 28 de la Declaración Universal de los Derecho Humanos de la ONU reconoce que “toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades (-) se hagan plenamente efectivos”. La reivindicación de estos derechos conlleva necesariamente el derecho a oponerse a cualquier autoridad e institución que atente contra los mismos. En otras palabras, los derechos humanos no son completos si no están acompañados del derecho a resistir activa y pasivamente frente a quienes, de hecho, los conculquen o los nieguen. Pues bien, el derecho de resistencia equivale en determinados momentos al deber de resistir. No hay democracia sin el pueblo (demos), por lo que el pueblo mismo está obligado a velar permanentemente por la democratización constante y sin paliativos de la propia democracia (valga la redundancia) o, dicho de otro modo, por redemocratizar sin descanso la democracia misma.
El derecho de resistencia es también derecho de desobedecer, de llevar a tribunales de garantía al gobernante que da la espalda a los derechos de la ciudadanía, de impugnar la legitimidad del poder corrupto, incompetente o abusivo, de ejercer abiertamente el disenso y la crítica. En resumidas cuentas, el derecho de resistencia es una obligación moral de la ciudadanía que se sabe responsable del bienestar real y sostenible de sus conciudadanos y de las generaciones futuras.

(Javier de Lucas y Mª José Añón, catedráticos de Filosofía del Derecho en la UV son inspiradores de este artículo).
Antonio Aramayona es profesor de Filosofía

Artículo publicado en El Periódico de Aragón
La Utopía es posible
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