En las actuales circunstancias, infinidad de intervenciones reiteran desde la web de ATTAC España la necesidad de encontrar medios, vías para la imprescindible transformación de la alienada sociedad en que vivimos, construyendo otra más justa, igualitaria, social y ecológica. Pero ¿cómo conseguir transformar esa utopía en una realidad? ¿Cómo y hacia dónde orientar el esfuerzo? Propongo examinar una propuesta forjada en Nuestramérica.
Frente a esto Rauber propone otros procedimientos para cambiar la realidad, a partir de un análisis de en qué consiste el poder, cuáles son sus mecanismos de producción y reproducción, cómo, por qué medios y por quiénes puede ser transformado, y por tanto con qué objetivos y estrategias. A continuación plantea que el poder popular ha de ser construido mediante la formación de sujetos conscientes, protagonistas de un proceso revolucionario de cambios que comenzará en el seno mismo del sistema, sin esperar a una “toma del poder” que ya no será un acto de fuerza sino un proceso “articulado por la construcción de poder popular”. En dicho proceso, el pueblo irá tomando conciencia gradual de su capacidad de poder, se irá “empoderando”.
Ahora bien, según Rauber esos sujetos revolucionarios conscientes y empoderados, capaces de producir el cambio, no existen como tales a priori sino que se irán autorrealizando en y por la propia experiencia, desarrollando su conciencia política y sus capacidades en las resistencias y luchas, para ir conformando un sujeto plural, actor colectivo realizador de la transformación, que destruye las viejas estructuras al mismo tiempo que levanta las nuevas. Y paralelamente, el proyecto mismo de la nueva sociedad se irá también definiendo en la praxis, con la participación activa de todos: desde abajo. Así, la revolución social es también “transformación cultural, política, ideológica y económica” y conformación de un nuevo modo de vida no capitalista.
En la coyuntura de este inicio de milenio en que eclosionan multitud de movilizaciones de protesta pero desunidas, centradas en objetivos parciales, no cohesionadas por estrategias globales y, para peor, en ocasiones con un sentido político poco claro; cuando las gestas revolucionarias del XX parecen mitos de un pasado remoto irrecuperable; cuando parece difícil continuar manteniendo algunas ideas de la ortodoxia ideológica, esta concepción rauberiana del proceso transformador se revela como posible, pese a todas sus evidentes dificultades.
¿De qué manera podemos autoconstruirnos como sujetos del cambio? Está claro que se requiere, en primer lugar, la constante toma de contacto con y análisis de la realidad a todos los niveles. Luego, una labor permanente de discusión, autocrítica y análisis político para detectar errores cometidos en el proceso y poder corregirlos. Tal como señala John Holloway, la cuestión de cómo cambiar el mundo sin tomar el poder no tiene una respuesta, sino que la pregunta se va definiendo y desarrollando a través de la experiencia y la reflexión.
