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Decisiones difíciles

Mario España Corrado – ATTAC Castilla y León.

Ante la decadencia (económica, moral, ideológica, cultural…) del sistema capitalista,  expresada sobradamente en la llamada “crisis” (que es en realidad una estafa y un saqueo), los sujetos individuales o sociales que aspiren a revertir tal situación, se enfrentan a dos opciones muy dispares que los obligan a una difícil decisión.  De una parte, esforzarse por modificar los abusos más flagrantes del sistema, volviendo a situaciones anteriores menos injustas e inhumanas. Es la “refundación del capitalismo” que deseaba Sarkozy, el “capitalismo con rostro humano” u otros apelativos posibles.  O, por el contrario, luchar por subvertir y reemplazar radicalmente la sociedad existente, considerada inaceptable, por otra de signo contrario: no capitalista, y económica, moral, ideológica y culturalmente nueva.  Es la “revolución desde abajo” que propiciábamos en un artículo anterior, una revolución no considerada como acto de “toma del poder” sino como proceso de construcción. De la elección que hagamos dependerá el objetivo general a determinar, así como buena parte de los instrumentos necesarios y una parte importante de la ruta.

Compleja opción, desde luego, ya que en todo momento estaremos obrando desde dentro del sistema, sometidos a la influencia y reglas de juego del poder, y casi todo lo que nos propongamos se verá inexorablemente teñido, contaminado por ellas. El “precio a pagar”, además, será muy distinto.

Decidirse por el rostro humanizado, es decir limar las mayores asperezas –limpiar la fachada, hacer reformas internas, pintar, pero sin tocar cimientos ni  pilares de sostén- puede ser, como dice el dicho, pan para hoy pero hambre para mañana. El capitalismo es depredador por esencia, está obligado a ello por su propia dinámica. Podemos parchear, remendar sus excesos –frenarlo durante un tiempo, como hizo el New Deal rooseveltiano y como ha intentado siempre la socialdemocracia- pero volverá por sus fueros y fortalecido, aumentado. Entonces habremos perdido tiempo y energías, pues el esfuerzo realizado para lograr ese freno (el “precio”) habrá devenido inútil, y estaremos abocados a otro mucho mayor.  Se ha señalado reiteradas veces la similitud entre el momento actual y la crisis de 1929 que Roosevelt parcheó; sin embargo, no estamos como entonces, sino bastante peor. Entre otras cosas, el capitalismo de hoy (a diferencia del de la Gran Depresión), además de inhumano es inviable ecológicamente.

Esta opción puede verse como menos problemática y costosa, ya que no se trata de edificar partiendo de cero sino de una remodelación y embellecimiento. Pero al ser inestable y superficial, solo envoltura, este pan para hoy tendrá siempre suspendido sobre su cabeza, como la clásica espada, el siempre posible hambre para mañana. Y, peor aún, la amenaza de quedar apresados en la hegemonía e influjo  del capital  (inalterados al no cuestionarse sus bases) aún cuando se lograra controlarlo relativamente a través del aparato institucional. Esa es la enseñanza que nos ha quedado de la fugacidad del New Deal, tanto como de las grandes revoluciones del siglo pasado.  Por si todo esto fuese poco,  el resultado obtenido no será nunca la utopía soñada, sino apenas lo que hemos sabido y podido alcanzar.

Elegir en cambio luchar por una sociedad verdaderamente alternativa, que sea lo que los pueblos anhelan, estructurada a partir de sus intereses de clase, exigirá  el trabajo consciente y resuelto del sujeto colectivo, en un proceso sistemático de creación de un futuro partiendo del cotidiano aquí y ahora; estableciendo nuevas modalidades de relación social, vínculos más estrechos y solidarios entre todos para desarrollar una cultura y unos valores completamente nuevos, y una lógica de funcionamiento social por completo diferenciada de la vertical, intolerante, autoritaria, alienante y discriminadora del poder, cuya función predominante es la sumisión y explotación.

En un pasado no muy distante, se pudo pensar y esperar que el sistema se desplomase por sí mismo, por el avance imparable de una clase obrera fuertemente empoderada y por sus famosas contradicciones internas, que llevaban a predecir una y otra vez la crisis definitiva.  Hoy todas esas ilusiones se han desvanecido como bruma; el sistema es una apisonadora que da cuenta con facilidad de unos trabajadores que olvidaron su conciencia de clase. Si anhelamos una vida diferente, que exprese una nueva concepción del ser humano, su existencia y libertad, una civilización auténticamente democrática e igualitaria superadora del individualismo competitivo  de la actual,  deberemos edificarla a partir de nuestro impulso constante.

La formación y maduración del sujeto/agente colectivo transformador, que se autogenerará a la par que genera la transformación social y el camino hacia ella (definido con cada paso, sin ninguna seguridad o certezas) requerirá también, de todo/as y cada uno/a de nosotros/as, reformular en clave libertaria el universo personal, descubriendo y eliminando de nosotros  los inevitables pegotes y ataduras del poder: el modo en que nos penetra, impregna, influye y condiciona; la manera sutil en que obra desde nuestra propia mente; ese fetichismo que tantos autores, desde Marx hasta el presente, han mencionado presentándolo de distintas maneras. Es decir: la refundación de lo externo solamente puede lograrse comenzando con una autotransformación.

Es imposible determinar a priori el rumbo exacto del proceso de cambio, cuándo se producirá un incremento tal de las fuerzas populares que permita establecer avances significativos. Seguramente se tratará de una larga y complicada transición. (Costosa, también: sería ingenuo creer que el sistema se dejará desplazar sin contraatacar, y ya conocemos lo cruel que puede ser.) Cualquier esbozo de hoja de ruta deberá conformarse con unos pocos trazos fundamentales –ideas rectoras definidas sólo como criterios orientativos a largo plazo- y lo mismo puede decirse del proyecto total, del diseño del conjunto a construir.

Naturalmente, al hablar de sujeto colectivo estamos casi descartando que pueda estar constituido por un único y homogéneo movimiento social. En las circunstancias actuales no hay ninguno que tenga por si solo la potencia necesaria; así pues se tratará probablemente de un sujeto plural y heterogéneo. La imprescindible unión deberá fraguarse a partir de aquellos pocos trazos esenciales antes mencionados y en relación con los objetivos generales. Debemos ser capaces de aunar los esfuerzos de los distintos grupos militantes –cada uno desde lo suyo al núcleo común- encauzándolos hacia la transformación del sistema actual en otro más justo, sin clases, sin mercados tiránicos; que no tenga el lucro como finalidad última; donde trabajo, trabajador y producto no sean ya mercancías y las leyes de oferta y demanda no sean aplicadas a  bosques, aguas, simientes u órganos humanos, en fin, hasta a la vida misma.

Termino con una cita de “Tiempo de revoluciones desde abajo”, texto al que antes he aludido: “…la construcción de hombres y mujeres nuevos, de una nueva cultura … parte de un proceso contracultural hacia la conformación … de una humanidad que, conscientemente, quiera vivir de un modo diferente al impuesto por el capital y se decida a  construirlo  y  sostenerlo.”

ATTAC Castilla y León no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización.

Revolución desde abajo

Mario España Corrado – ATTAC Castilla y León

En las actuales circunstancias, infinidad de intervenciones reiteran desde la web de ATTAC España la necesidad de encontrar medios, vías para la imprescindible transformación de la alienada  sociedad en que vivimos, construyendo otra más justa, igualitaria, social y ecológica.  Pero ¿cómo conseguir transformar esa utopía en una  realidad? ¿Cómo y hacia dónde orientar el esfuerzo? Propongo examinar una propuesta forjada en Nuestramérica.

Hace poco más de cuatro años, Isabel Rauber –doctora en filosofía, escritora argentina estudiosa de los procesos de construcción de poder- publicó en Rebelión: “Siglo XXI: tiempo de revoluciones desde abajo” donde, siguiendo pautas de Engels, define las revoluciones del siglo XX como realizadas “desde arriba”, destinadas a lograr una nueva sociedad a partir de la toma del poder y desde el aparato estatal-partidario, mediante transformaciones de los modos de producción y propiedad. Pero de este modo “el objetivo de la liberación humana, que sólo puede ser obra consciente y voluntaria de los seres humanos mismos” resultó pospuesto frente a lo económico; la revolución social no logró producir una transformación cultural. Así, la alienación heredada del régimen anterior se incrementó. “Ni hombres ni mujeres nuevos, ni sistema socialista de producción material-espiritual de la vida social.”

Frente a esto Rauber propone otros procedimientos para cambiar la realidad, a partir de un análisis de en qué consiste el poder, cuáles son sus mecanismos de producción y reproducción, cómo,  por qué medios y por quiénes puede ser transformado, y por tanto con qué objetivos y estrategias. A continuación plantea que el poder popular ha de ser construido mediante la formación de sujetos conscientes, protagonistas de un proceso revolucionario de cambios que comenzará en el seno mismo del sistema, sin esperar a una “toma del poder” que ya no será un acto de fuerza sino un proceso “articulado por la construcción de poder popular”.  En dicho proceso, el pueblo irá tomando conciencia gradual de su capacidad de poder, se irá “empoderando”.

Ahora bien, según Rauber esos sujetos revolucionarios conscientes y empoderados, capaces de producir el cambio, no existen como tales a priori sino que se irán autorrealizando  en y por la propia experiencia, desarrollando su conciencia política y sus capacidades en las resistencias y luchas, para ir conformando un sujeto plural, actor colectivo realizador de la transformación, que destruye las viejas estructuras al mismo tiempo que levanta las nuevas. Y paralelamente, el proyecto mismo de la nueva sociedad se irá también definiendo en la praxis, con la participación activa de todos: desde abajo.  Así, la revolución social es también “transformación cultural, política, ideológica y económica” y conformación de un nuevo modo de vida no capitalista.

En la coyuntura de este inicio de milenio en que eclosionan multitud de movilizaciones de protesta pero desunidas, centradas en objetivos parciales, no cohesionadas por estrategias globales y, para peor, en ocasiones con un sentido político poco claro; cuando las gestas revolucionarias del XX parecen mitos de un pasado remoto irrecuperable; cuando parece difícil continuar manteniendo algunas ideas de la ortodoxia ideológica, esta concepción rauberiana del proceso transformador se revela como posible, pese a todas sus evidentes dificultades.
¿De qué manera podemos autoconstruirnos como sujetos del cambio? Está claro que se requiere, en primer lugar, la constante toma de contacto con y análisis de la realidad a todos los niveles. Luego, una labor permanente de discusión, autocrítica y análisis político para detectar errores cometidos en el proceso y poder corregirlos. Tal como señala John Holloway, la cuestión de cómo cambiar el mundo sin tomar el poder no tiene una respuesta, sino que la pregunta se va definiendo y desarrollando a través de la experiencia y la reflexión.