Alberto Garzón Espinosa – Consejo Científico de ATTAC España
¿Podemos
seguir pensando que se acabaron las ideologías? ¿es acaso cierto que
sólo queda la resignación en el marco del sistema económico
capitalista? ¿está en lo cierto Frederic Jameson (1934-) cuando asegura
que «hoy es más fácil imaginar el final del mundo que imaginar el final
del capitalismo»? ¿Queda espacio para la utopía, ese
no-lugar en el horizonte que según Eduardo Galeano (1940-) nos sirve para caminar?
Sin
duda, la primera duda que nos asalta es la siguiente: ¿de qué estamos
hablando cuando decimos que algo es ideológico? ¿Se están refiriendo a
la misma noción el dirigente comunista que grita «¡las ideas socialistas
nos liberarán!» y el tertuliano de televisión que censura a su
interlocutor expresando algo del tipo «eso lo dices porque tienes ideas
socialistas»? Parece obvio que el primero entiende la ideología como
algo positivo, en tanto que instrumentaría la emancipación social,
mientras que el segundo la entiende como algo negativo, en tanto que
ocultaría o distorsionaría la verdad. ¿Podemos entonces hallar alguna
definición que nos satisfaga a todos y sobre la que podamos discutir?
Desgraciadamente el estudio etimológico de la palabra no nos aporta mucho en esta tarea. Originalmente
ideología significó
el estudio científico de las ideas humanas, pero con el tiempo su
significado se transformó en otra cosa muy distinta. Tan distinta que
incluso, como estamos acostumbrados a ver en los debates políticos,
prácticamente vino a expresar lo contrario, es decir, algo opuesto a lo
científico. De hecho, es hoy en día práctica habitual desacreditar al
oponente bajo la acusación de
ser alguien ideológico.
Parece
complicado llegar a algún acuerdo sobre el que poder trabajar.
Efectivamente, como decíamos, el dirigente político que llama a la
revolución apoyándose en las ideas socialistas está probablemente
entendiendo la
ideología en su versión positiva, como un
sistema de ideas que promociona y legitima intereses políticos tales como los de clase. Por el contrario, el tertuliano de televisión o el político
centrista probablemente esté entendiendo la
ideología en una versión negativa, como
aquellas ideas y creencias que oscurecen la razón y nos impiden entender correctamente la realidad. Hay poco encaje entre ambas concepciones.
Algunos de los primeros autores en estudiar con profundidad el concepto y contenido de
ideología fueron precisamente Karl Marx y Engels. Ambos escribieron
La Ideología Alemanaen
1845, una obra dedicada a la crítica de las ideas filosóficas
dominantes en la izquierda alemana. Sin embargo, según el filósofo Terry
Eagleton (1943-) en tal obra podemos encontrar hasta tres definiciones
diferentes de
ideología. Por si fuera poco, en la posterior y magnánima obra de
El Capital Marx
llegó a trabajar incluso con una nueva definición más. Además, valga
decir, ni siquiera todas esas definiciones son compatibles entre sí.
Podríamos, en un ejercicio salomónico, intentar definir la
ideología a partir de un enfoque neutral o meramente descriptivo. Así, diríamos que la
ideología es el sistema de ideas y creencias que simbolizan las concepciones y experiencias de vida de los grupos sociales. Esta
definición nos permitiría deducir que todos los seres humanos tenemos
ideologías y que éstas simbolizan nuestra forma de vivir y de ver el
mundo en el que nos inscribimos. Pero al hacerlo así, la
ideología pierde
todo su sentido conceptual al no poder ser utilizada para discriminar.
¿Es la pelea de dos niños que juegan a los cromos un evento ideológico?
¿está dicha pelea al mismo nivel que un conflicto político entre dos
naciones? En fin, un lío. No obstante, cada una de las definiciones
existentes procede de una tradición filosófica distinta y no ha lugar en
este libro a profundizar en ellas
[1].
Sin embargo, y en aras de continuar, en este libro nos quedaremos con
esta última definición más amplia, sin ignorar sus limitaciones.
Ahora
bien, si aceptamos que todos tenemos una ideología estamos diciendo que
todos analizamos nuestra realidad a partir de las creencias de las que
disponemos, que naturalmente tienen su origen en la sociedad, pero
también que todos podemos imaginar futuros posibles a partir de esas
mismas creencias. Es decir, disponemos de unas lentes con las que vemos
la realidad material y la interpretamos, pero ello también nos permite
imaginar nuevos modelos de sociedad y actuar en consecuencia. Así, esas
creencias nos pueden empujar a querer transformar la sociedad, a
mantenerla tal y como está o a retroceder a un estadio anterior, es
decir, a ser progresistas, conservadores o reaccionarios. Precisamente
cuando unas determinadas creencias nos empujan a tomar una acción
política es el momento en el que es más fácil que todo el mundo las
acepte como
ideológicas, en cualquiera de sus acepciones.
Pero
también parece evidente que hay distintos conjuntos de creencias que
operan a la hora de analizar lo que vemos en el día a día. Si nos
cruzamos por la calle con un indigente que pide dinero para poder
alimentarse podremos observar distintas reacciones, todas las cuales
dependen del sistema de creencias que tengamos. Aquellas personas con
creencias liberales podrían interpretar que la situación del indigente
es merecida, producto de su incapacidad para ganarse la vida por sí
mismo. Aquellas personas con creencias cristianas podrían verse movidos
por la caridad y aceptarían de buen grado dar unas monedas a fin de
paliar su situación de urgencia. Otras personas con creencias
socialistas podrían interpretar esa situación como el resultado lógico
del desarrollo capitalista, donde el hambre sólo puede erradicarse con
una transformación radical, revolucionaria, de la estructura económica y
no con acciones de caridad individual. En definitiva, cada
interpretación y acción política está condicionada por las creencias que
tiene cada uno, es decir, por lo que hemos definido que es su
ideología.
Esta definición de
ideología que hemos aceptado es coincidente con la noción de
concepción del mundo y que
Manuel Sacristán (1925-1985) define como:
«una
serie de principios que dan razón de la conducta de un sujeto, a veces
sin que éste se los formule de un modo explícito. Ésta es una situación
bastante frecuente: las simpatías y antipatías por ciertas ideas, hechos
o personas, las reacciones rápidas, acríticas, a estímulos morales, el
ver casi como hechos de la naturaleza particularidades de las relaciones
entre hombres, en resolución, una buena parte de la consciencia de la
vida cotidiana puede interpretarse en términos de principios o creencias
muchas veces implícitas, “inconscientes” en el sujeto que obra o
reacciona.» [2]
Y aquí hemos llegado al punto que queríamos destacar. Todas las personas tenemos una
concepción del mundo,
es decir, a lo largo de nuestro desarrollo vital todos hemos adquirido
socialmente principios, valores y costumbres que nos permiten responder
en el día a día. Somos capaces de valorar si nos parece bien o mal el
esclavismo, el aborto, la pederastia o la especulación financiera de la
misma forma que somos capaces de enfrentar determinados dilemas morales
que nos afectan individualmente. Y de donde extraemos las herramientas
con las que tomar esas decisiones es el repertorio de creencias que
podemos convenir en llamar
concepción del mundo.
La
concepción del mundo es
cambiante, y se modifica y rearticula en función de los elementos con
los que nos enfrentamos en nuestra vida. Parece evidente que la
concepción del mundo de un campesino medieval se modificaría poco a lo
largo de su vida, mientras que ello sería bastante distinto para un
emigrante del siglo XXI. Así, todos tendríamos una determinada
ideología, entendida ahora como esa caja de herramientas que nos muestra
cómo es el mundo en el que nos insertamos como seres humanos.
Pero
vamos a hacer ahora un ejercicio mental. Si nos encontrásemos con un
individuo que niega interesarse por la política, en cualquiera de sus
acepciones, y que afirma que su único principio de actuación es el que
dicta el
sentido común, ¿cómo podríamos interpretar su pensamiento? Es decir, ¿en qué cree el que dice que no cree?
La ideología dominante
Antonio
Gramsci (1891-1937) observó que el grupo social dominante en una
sociedad no siempre se ve obligado a recurrir a la coerción, o a la
violencia directa, para encontrar la
lealtad de los dominados. En
muchas ocasiones el grupo dominante consigue inocular sus propias
creencias en el conjunto de la sociedad de tal forma que aquellas toman
la forma de
sentido común. Al naturalizarse de esta forma las
creencias del grupo dominante, y en consecuencia al no ponerse en duda,
éstas sirven de legitimación del poder establecido. El conformismo es,
por definición, conservador. Pero a partir de ahora el conformismo es
también la cristalización de la esclavitud ideológica de los
subordinados para con las creencias de los grupos dominantes. Gramsci
llamó
hegemonía a esta capacidad de dominar política y
culturalmente a otros grupos sociales. Este concepto será de
extraordinaria utilidad para analizar no ya sólo las formas en las que
un grupo consigue dominar «pacíficamente» al resto, sino también como
reflexión en torno a cómo arrebatarle tal dominio.
En todo caso, lo que Gramsci venía a decir es que el
sentido común no
es otra cosa que la ideología de la clase dominante. Es decir, que no
hay nada parecido a unas ideas neutrales o asépticas, libres de la
contaminación ideológica. Lo que puede haber, en todo caso, es una
masiva coherencia ideológica en una sociedad que lleva a los individuos a
pensar que sus creencias son atemporales y universales, esto es, que
son razonables porque todo el mundo las tiene. Así las cosas, Gramsci
impugna la posibilidad de que haya gente que no crea en nada. Además,
argumentando de esa forma Gramsci saca a todas esas personas del cómodo
cajón de la neutralidad y los sitúa en el más problemático espacio del
conflicto político. Si no hay espacio para la neutralidad… todos los
seres humanos están tomando partido por algunas de las partes en el
conflicto que es la política y la vida en sociedad. De ahí que Gramsci
fuera especialmente beligerante con aquellas personas que se declaraban
indiferentes ante
la realidad política. El pensador italiano partió del reconocimiento de
que «la indiferencia es el peso muerto de la historia» y aseguró, de
forma tajante, que odiaba «a los que no toman partido» y «a los
indiferentes»
[3].
Esta
visión de la ideología dominante, convertida en ideología hegemónica,
es útil para entender cómo las creencias son funcionales al sistema
político y económico. Son el ensamblaje perfecto para que los seres
humanos acepten su papel en el sistema, para que no pongan en duda su
situación concreta y para que se oscurezcan las posibilidades de cambio.
Por
eso, aquellos que pretendemos disputar la hegemonía a la ideología
dominante, la cual legitima el actual orden social, necesitamos
encontrar las formas de tener éxito en nuestra empresa. Y hay que
comenzar por no olvidar el papel cultural, educativo, pedagógico e
ideológico de las transformaciones políticas. De hecho, Gramsci utilizó
el ejemplo de la revolución soviética de 1917 para reflexionar sobre
esto mismo. Vamos a verlo.
En octubre de 1917 Rusia era aún un
país prácticamente feudal y con un débil desarrollo capitalista. Se
trataba de «un país con una reducida renta por habitante y un bajo nivel
de vida, debido al escaso índice de productividad del trabajo»
[4],
resultado de una industria «relativamente poco desarrollada» y de que
«la inmensa mayoría de la población se dedicaba a trabajar la tierra,
casi siempre en cultivos de muy bajo rendimiento, tanto por hombre como
por unidad de trabajo»
[5]. El resultado de todo ello era que «la posible tasa de desarrollo industrial era muy precaria»
[6]. En esas circunstancias, y teniendo presente que según la teoría marxista del
materialismo histórico el
socialismo era la etapa siguiente del capitalismo y no del feudalismo,
que era más bien lo que existía en Rusia, surgieron intensos debates
entre quienes pretendían poner en marcha el socialismo en esas
condiciones, los llamados
populistas rusos, y quienes entendieron que primero era necesario industrializar el país, los llamados
marxistas legales.
Entre estos segundos se encontraba quien fuera posteriormente el más
famoso líder revolucionario soviético, Vladimir Ilich Lenin (1870-1924).
Tras la revolución, y con los
marxistas legales habiendo
ganado aquel debate, los líderes comunistas compartieron la necesidad
de industrializar el país como medio para poner en marcha el socialismo.
Si el capitalismo había necesitado de la
acumulación originaria,
entendida como un inmenso proceso de acumulación de capital que diera
inicio al capitalismo, y que según Marx desempeñaba «en economía
política el mismo papel que desempeña en teología el pecado original»
[7], el socialismo debía tener su propia
acumulación originaria socialista.
Y ese sería precisamente el papel de la industrialización, el de servir
de palanca inicial de constitución de una sociedad comunista. No se
trataba tampoco de algo fácil de decir en el marco de las ideas
socialistas, pues la acumulación originaria capitalista se había
caracterizado por el saqueo, la colonización, el fuego y la sangre.
¿Cuánto sacrificio y esfuerzo necesitaría tal proceso en el caso
socialista? ¿sería compatible con el ideal que se defendía?
Además,
en un país tan poco desarrollado y con las vías de financiación externa
absolutamente cerradas, en tanto que los países capitalistas eran
reacios a prestar dinero, el proceso soviético de industrialización se
presentaba extraordinariamente difícil. La
Nueva Política Económica impulsada
por Lenin, que daba margen a la iniciativa privada y que
fundamentalmente estaba diseñada para incentivar la pequeña y privada
producción agraria, impidió una más eficiente producción a mayor escala
pero por el contrario permitió garantizar el apoyo del campesinado. De
esa forma, los reducidos excedentes agrarios eran prácticamente la única
fuente para industrializar el país. Sin embargo, cada vez más el rasgo
bélico imponía sus condiciones y obligaba a acelerar el proceso. Al
final, en 1926 se aprobaron las políticas de industrialización rápida y
forzada, con inicio en la colectivización total de la tierra, y la
puesta en marcha de los Planes Quinquenales a partir de 1928 terminó de
romper las alianzas con el campesinado. Eso sí, la industrialización fue
extraordinariamente rápida, tanto que incluso permitió a la Unión
Soviética enfrentar exitosamente a los nazis en el marco de la II Guerra
Mundial, no sin un alto coste en vidas humanas. Y esto, para un país
que dos decenios antes era prácticamente feudal, era impensable.
Sin
embargo, ante este rápido proceso de industrialización y ante las
opiniones favorables al mismo tanto del líder soviético Leon Trotski
(1879-1940) como del propio Stalin, se revuelve Gramsci. El italiano
observa el problema «desde el punto de vista mucho más complejo de la
hegemonía,
de la búsqueda no ya de mero consenso político sino de identificación
de la sociedad con el proyecto industrializador que se pretende
socialista, y de la creatividad social»
[8].
Aquí no pretendemos entrar en quién podía o no tener razón, o qué
alternativas existían, sino únicamente examinar el enfoque de Gramsci.
Lo
que Gramsci sugiere es que puede existir una clase dominante que, sin
embargo, carezca de hegemonía. Dice el italiano que en esos casos la
hegemonía pertenecería a las antiguas clases dominantes, todo lo cual
obstaculizaría un efectivo proceso de transformación. Dicho de otra
forma, como los ciudadanos no han interiorizado las creencias que
legitimen el nuevo sistema se producirá una disociación ideológica entre
los intereses de los nuevos grupos dominantes y los intereses de los
dominados, de tal forma que éstos no verían ya más como
suyo el proceso transformador
[9].
Eso es lo que Gramsci critica de la estrategia de la Unión Soviética.
El éxito de la industrialización rápida se alcanzaría a costa de la
hegemonía cultural, cuya consecución necesariamente requiere unas
condiciones distintas a las que se dan bajo esa velocidad de
industrialización. No obstante, no parece que a la luz de la historia de
la Unión Soviética parezca ésta una tesis generalizable. De hecho, los
soviéticos consiguieron altos niveles de adscripción ideológica por
parte de los ciudadanos hasta el punto de que se dieron experiencias
tales como el
estajanovismo, debido al minero Aleksei Stajánov
(1906-1977), que propugnaba el aumento de la productividad por la vía
extensiva, esto es, trabajando muchas más horas a iniciativa de los
propios trabajadores.
Para comprender mejor lo que sugiere Gramsci pueden servirnos dos
distopías,
utopías negativas o contra-utopías, que nos ha dado el mundo de la
literatura. Con ellas podremos describir más acertadamente las
diferencias entre un sistema político construido bajo un estatus de
hegemonía cultural y otro que no.
En la novela
1984, de George Orwell (1903-1950), el
Gran Hermano es
el sistema totalitario que controla la vida social y privada de los
ciudadanos. Este sistema basa su fuerza en la coerción y el miedo, lo
que complementa con un uso inteligente y cínico del lenguaje y de la
información. Aquel ciudadano que disiente, o que se sale de los
estrechos márgenes ideológicos impuestos por el sistema, es
vaporizado del
mundo. Lo que mantiene a los súbditos obedientes no es otra cosa que el
miedo a ser asesinados por los grupos dominantes. Ese hecho provoca que
los dirigentes políticos del sistema sean capaces de
doblepensar,
esto es, de saber que la información que difunden es falsa pero a la
vez aceptarla como verdadera. El ministerio que controla la información y
la historia del país,
Oceanía, se dedica continuamente a la
producción de eslóganes políticos con los que adoctrinar a la población,
así como a la reconstrucción de una nueva versión de la historia que
legitime la política coyuntural del
Gran Hermano. En esta novela
tenemos claramente a un poder inmenso, casi omnipotente y omnipresente,
que carece de hegemonía cultural. Los ciudadanos asumen la ideología
dominante mayoritariamente por el miedo a no hacerlo. Orwell escribió la
novela pensando en los sistemas políticos totalitarios del estalinismo,
siendo él precisamente un reconocido militante comunista de tendencia
trostkista que luchara en la Guerra Civil española en defensa de la II
República y en las filas del Partido Obrero de Unificación Marxista
(P.O.U.M.).
Por el contrario, en la novela
Un mundo feliz, de
Aldous Huxley (1894-1963), el sistema político parece a priori mucho
más tolerante con los ciudadanos. Aparentemente éstos se comportan como
quieren, si bien objetivamente no dejan de ser también súbditos del
sistema, pero aceptan las creencias que el sistema impone. Así, los
ciudadanos no se mantienen obedientes por medio de la coerción sino por
medio del «condicionamiento» o adoctrinamiento social, es decir, de un
complejo sistema por el cual a los ciudadanos se les inculca
repetidamente una serie de ideas y creencias. Y ello se realiza tanto a
través de su vida cotidiana como incluso durante el sueño. Haciéndose
esto desde el primer día de nacimiento, los niños van interiorizando
determinadas ideas que creerán realmente suyas, sin entenderlas como
algo ajeno. La ayuda de sustancias químicas contribuirá, en este
sistema, a mantener a los ciudadanos obedientes. Los disidentes en este
elaborado sistema son tan pocos, y tan marginales, que se les permite
marchar del sistema aunque sea bajo la forma del destierro. Aquí Huxley
dibuja un sistema en el que fundamentalmente opera un cierto tipo de
hegemonía cultural, ya que el resultado es que los ciudadanos asumen
como propias las creencias del grupo dominante y aceptan como suyo el
proyecto político en su conjunto. No lo ponen en cuestión.
Dicho
todo esto, y saliendo del mundo de la literatura, ¿cuáles son los medios
por los cuales los ciudadanos interiorizan las creencias de los grupos
dominantes? ¿cómo pueden hacerse dominantes los sistemas de creencias
emancipadores? es decir, ¿cómo alcanzar la hegemonía cultural necesaria
para acompañar un proceso de transformación radical del sistema?
Los intelectuales y los think-tanks
La
respuesta está en los intelectuales, o en cierta concepción de éstos. Y
es que precisamente de la necesidad de ensamblar los intereses de los
grupos dominantes con las creencias de los grupos dominados surge el
papel de los intelectuales y de los llamados
think-tanks, o institutos de creación de pensamiento.
Actualmente
podríamos decir que la ideología dominante es sin lugar a dudas la que
hemos convenido en llamar neoliberalismo. El neoliberalismo, como
ideología, se basa en algunas ideas nucleares que exaltan la lógica del
mercado y que critican la intervención pública en la economía. Pero esta
ideología, naturalmente, no se ha convertido en dominante surgiendo de
la nada. Aunque hoy tales ideas trasluzcan en los telediarios,
universidades, series de televisión, películas y libros de toda
naturaleza, no siempre fue una ideología dominante. Es más, uno de sus
padres fundadores, de aquellos intelectuales que supieron compactar en
un discurso coherente las ideas que sustentan tal ideología, Friedrich
Hayek (1899-1992), definió en los años treinta del siglo XX al discurso
económico del neoliberalismo como
heterodoxia. Paradojas de la historia, no tardaría demasiados años en convertirse en su contracara, la
ortodoxia.
Para
empezar, el neoliberalismo es una versión moderna, muy adaptada y
radicalizada, del liberalismo clásico de la filosofía política. Como
tal, postula e impone una visión del mundo «basada en el individualismo,
la mercantilización de la vida social, el predominio de la competencia
en las relaciones sociales, la cultura de consumo, la exaltación del
éxito como criterio de mérito y el desprecio o la irrelevancia de todo
tipo de valores comunitarios»
[10].
Como fuentes originales, además de los planteamientos del ya citado
Hayek, cabe destacar las contribuciones del economista Milton Friedman
(1912-2006). De hecho, la génesis del neoliberalismo puede encontrarse
en un «un pequeño embrión que, a mitad del siglo XX, se forma en la
Universidad de Chicago, con Hayek y sus discípulos como núcleo (Milton
Friedman entre ellos), embrión del que progresivamente se deriva una
enorme red internacional de fundaciones, institutos, centros de
investigación, publicaciones, académicos, escritores y relaciones
públicas»
[11].
Eso
es lo importante para nosotros, lo que pretendemos destacar. Aún en
época de dominio de la práctica ideológica keynesiana, que propugnaba la
intervención del Estado en la economía, los partidarios del
neoliberalismo comenzaron a crear redes de creación de pensamiento. Sin
duda muy bien financiadas por aquellos sujetos económicos, tales como
grandes empresas y grandes fortunas, que se beneficiarían en la práctica
de la puesta en marcha de las políticas basadas en el ideario
neoliberal. En todo caso, estas redes sirvieron para elaborar,
desarrollar y perfeccionar teorías y discursos tanto políticos como
económicos que daban coherencia a la ideología neoliberal y que
permitían su difusión internacional. Al final, y llegada la crisis del
keynesianismo en los años setenta del siglo XX, el neoliberalismo estaba
perfectamente posicionado para dar el salto y alcanzar la hegemonía.