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Cuando perdura la crisis en la eurozona

Alejandro Nadal.

En los últimos meses se ha instalado una sensación peculiar sobre la crisis en Europa. A pesar de los terribles niveles de desempleo, del desplome en la demanda agregada y de tasas de crecimiento anémicas en los países de la eurozona, ahora predomina la impresión de que ha entrado en una fase de recuperación. Tal parecería que el neoliberalismo merece salvarse: sus recetas frente a la crisis han tenido buen resultado.

Por todos lados aparecen “señales” de que lo peor de la crisis pasó. El indicador más socorrido es la reducción del superávit primario (gasto público sin contar las cargas financieras) en casi todos los países miembros de la zona euro. En el caso de Grecia e Italia hasta se tiene una proyección para 2014 de un superávit primario equivalente a 2.35 por ciento del PIB.

Otro resultado que es exhibido como prueba de la recuperación es el de la estabilidad de los mercados financieros. Se dice que ésta es el principal resultado de la decisión del BCE de intervenir en la compra de bonos en el mercado secundario desde 2011. Pero el indicador que se considera más robusto es el del crecimiento. Según los pronósticos de la Comisión Europea los países de la eurozona mostrarán un crecimiento agregado de 1.1 por ciento en 2014 (después de caer 0.4 por ciento en 2013).

El corolario de este conjunto de “buenos” resultados es que las recetas impuestas por la troika (Bruselas, el FMI y el Banco Central Europeo). Es decir, la austeridad y la condicionalidad sí funcionan, como dice Ollie Rehn, comisionado europeo de asuntos económicos y monetarios.

¿Es cierto que la crisis en la eurozona terminó? La respuesta es negativa. El regreso a tasas de crecimiento anémicas no puede interpretarse como recuperación. Esos niveles de actividad denotan una gran fragilidad y no deben disfrazar la delicada situación en la que se encuentran los bancos europeos. Un crecimiento de 1.1 por ciento no permitirá revertir la catástrofe social que hoy sufre la eurozona.

En 2014 el desempleo permanecerá en 12.2 por ciento. En Grecia y España la desocupación alcanza 27.5 y 26 por ciento, respectivamente, mientras que en Portugal e Italia ese indicador rebasa 16 y 12.5 por ciento, respectivamente. La magnitud del desastre se aprecia mejor al considerar el desempleo entre los jóvenes: en Grecia, España e Italia alcanza 58, 56 y 41 por ciento, respectivamente.

¿Y qué hay de los indicadores sobre deuda? Todos los países que han aplicado las recetas de austeridad fiscal han experimentado un aumento espectacular en su deuda como proporción del PIB. Es decir, los países que lograron reducir su déficit primario sufrieron el incremento de este coeficiente deuda/PIB. O sea que la austeridad fiscal y la condicionalidad han servido para agravar el problema de la deuda pública en la eurozona. El mejor ejemplo es Grecia, que tenía un coeficiente deuda/PIB de 120 por ciento al iniciarse la crisis y hoy ese coeficiente rebasa 170 por ciento. El saldo de todo esto es claro: para poder pagar esa deuda los países de la periferia tendrían que generar un altísimo superávit primario durante las próximas dos décadas. Eso significa dejar atrás sus inversiones en materia de salud, educación, vivienda e infraestructura. En síntesis, la deuda es impagable.

¿Cómo interpretar todo esto? Las políticas de austeridad se han aplicado en un contexto de gran desendeudamiento del sector privado y de las familias. La única manera de mantener niveles adecuados de actividad sería manteniendo un fuerte superávit en la balanza comercial. El problema es que el resto del mundo no puede funcionarle a Europa como una especie de demanda agregada sustituta porque la economía mundial también se encuentra en una situación de gran fragilidad.

La arquitectura de la unión monetaria, marcada por los dogmas del neoliberalismo, contiene vicios de origen que deberán ser subsanados para que sobreviva la eurozona. La eurozona no podrá sobrevivir sin cambios significativos en la arquitectura de los acuerdos que condujeron a la unión monetaria.

Entre las reformas más urgentes se encuentra la introducción de una euro-tesorería que permitiera reconectar la política fiscal con la política monetaria. Esto permitiría financiar la inversión pública de manera estable, quitarle el poder que hoy tienen las agencias calificadoras y proporcionar un estímulo a las economías más necesitadas de la eurozona para comenzar a salir del marasmo en el que se encuentran. Este tipo de reformas deberían ir acompañadas de un fuerte impulso a las políticas de redistribución del ingreso para generar mayor estabilidad en la demanda agregada.

Quizás el cambio más importante es revertir la tendencia a expropiarle a los pueblos de Europa la capacidad de decidir sobre el futuro de sus economías. Hoy vemos una situación en la que las facultades soberanas de los gobiernos europeos en materia económica están concentradas en organismos que no responden al acuerdo de las mayorías en un proceso democrático o electoral.
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El 10% de bajada en los salarios

Juan Francisco Martín Seco – Consejo Científico de ATTAC.

Tras los enormes errores cometidos en América Latina y el sudeste asiático, el Fondo Monetario Internacional (FMI) agonizaba; pero, mira por dónde, la crisis económica vino a reanimarlo y a otorgarle un protagonismo que creía definitivamente perdido. Cambio tan brusco ha provocado, a su vez que su comportamiento sea irregular y espasmódico. En ocasiones, no parece el FMI de siempre, cuando reconoce que en los países del sur de Europa, y más concretamente en los casos de Grecia y Portugal, se ha extralimitado con la política de recortes, generando efectos contrarios a los perseguidos, o cuando exhorta a Alemania a una política más expansiva. Pero, en otras, emerge su auténtico espíritu y retorna a la tradición más clásica y al catecismo. Eso es lo que ha ocurrido el otro día cuando se despachó proponiendo que en España se realice un gran pacto en el que se acuerde un descenso de los salarios del 10% (más de lo que ya se han reducido) y que, como contrapartida, los empresarios se comprometan a crear empleo. Nadie dice nunca de qué modo se puede formalizar el compromiso de los empresarios.

Tan inteligente medida ha sido rápidamente acogida por la Comisión Europea, en la actualidad digna émula del FMI en la defensa del vetusto y fallido Consenso de Washington. El muy competente (a juzgar por sus muchos éxitos y previsiones acertadas) comisario Olli Rehn en su blog, bajo el pretexto de que algo ocurría y no nos estábamos enterando (canción de Bob Dylan), nos exhorta a seguir la senda marcada por el Fondo y advierte de que aquellos que lo rechacen “cargarán sobre sus hombros la enorme responsabilidad del coste social y humano”.

Supongo que, como siempre, el argumento que barajan es el de la competitividad, olvidando, también como siempre, que en todo caso la competitividad dependerá de los precios; desde luego, no solo, ya que hay otros muchos factores que también influyen como la calidad, el diseño o las técnicas de mercado. Pero sobre todo es preciso resaltar que entre precios y salarios no se da una relación perfecta. En primer lugar, porque existen otros muchos costes que intervienen en el precio: la energía eléctrica, los combustibles, las comunicaciones, los gastos financieros (y da la casualidad de que, por el hecho de estar en la Unión Monetaria, las empresas españolas pagan un tipo de interés casi triple que el de Finlandia, país de origen de Olli Rehn). En segundo lugar, porque, además de los costes, en el precio influye el excedente empresarial y lo que suele ocurrir con frecuencia es que los salarios descienden, los precios se incrementan y los beneficios de los empresarios (de algunos, más bien de muchos) engordan.

Se ha instalado en la opinión pública un mantra totalmente falaz pero ampliamente extendido: la idea de que durante los primeros años del euro los costes laborales en España crecieron más que en Alemania, lo cual es erróneo, si se consideran, tal como hay que hacerlo, en términos reales, descontando precios. Porque estos sí fueron los que se incrementaron más, ocasionando que aumentasen más a su vez los beneficios empresariales. Lo único que hicieron los salarios, y eso tan solo parcialmente, fue defenderse del encarecimiento del coste de la vida.

La pretensión de ganar competitividad reduciendo los salarios, en consonancia con lo que plantean los dogmáticos del FMI, de la Comisión y también muchos en España, amén de la injusticia que comporta, se enfrenta con dos grandes obstáculos. El primero, que la demanda interna constituye casi el 80% de la demanda total y que lógicamente se resentirá con la bajada de salarios hasta el punto de compensar con creces la presunta pequeña mejora que se pueda obtener en el mercado exterior. El segundo obstáculo consiste en que si nosotros consiguiésemos ser más competitivos, por fuerza otros tendrían que serlo menos (juego de suma cero), con lo que es de esperar que reaccionen de la misma manera bajando a su vez los salarios, lo que nos devolverá al punto de partida. La única diferencia radicará en que los trabajadores de todo el mundo verán empeorar sensiblemente su situación.

Olli Rehn, en lugar de predicar la bajada de salarios, podría reclamar a su colega Draghi que modifique su política monetaria, esa política impuesta por Alemania, de euro fuerte, que ha permitido la apreciación de la  moneda europea frente al dólar, al yen, a la libra y al resto de divisas con la correspondiente pérdida de competitividad difícilmente compensable con la bajada de salarios. Política quizá apropiada para Alemania pero desastrosa para otros muchos países.

Las proclamas del FMI y del comisario Olli Rehn han conseguido suscitar una rara unanimidad en el interior del país, la crítica ha surgido desde todos los ángulos, incluso desde la patronal. Crítica y oposición en muchos casos un tanto hipócritas, porque lo más triste de esta historia es que, de permanecer en la Unión Monetaria, las exhortaciones del comisario se harán realidad: continuarán reduciéndose los salarios, que para eso se hicieron las dos reformas laborales. La amenaza del desempleo y el ejército de reserva harán su tarea sin necesidad de que el FMI o la Comisión tengan que proponerlo.

Las protestas actuales de todos los que en el pasado apoyaron la constitución de la moneda única solo pueden estar basadas en la estulticia o en el cinismo, porque era evidente que una vez creada la Unión Monetaria, ante cualquier perturbación, la imposibilidad de devaluar la moneda convertiría el desempleo y los salarios en variables de ajuste. Esa era una de las razones, entre otras, por la que algunos estuvimos desde el principio en contra del euro.

A primera vista, extrañan las declaraciones de la patronal disintiendo de la propuesta del comisario; pero bien mirado es fácil encontrar la explicación. Los empresarios saben muy bien que los salarios continuarán bajando por la fuerza de los hechos, del mercado y de las leyes laborales. ¿Para qué hacerlo explícito y alarmar al personal? Hay cosas, pensará el presidente de la patronal, que cuanto menos se hable de ellas, mejor, lo importante es que se hagan y para que se hagan ya se encargan ellos de exigir al Gobierno, por ejemplo, otra vuelta de tuerca en la reforma del mercado laboral, reclamando que los contratos a tiempo completo se puedan convertir en contratos a tiempo parcial.

Del artículo del comisario Olli Rehn conviene resaltar además otros tres aspectos. Para empezar, la ignorancia que parece tener de las cifras que publica su propia comisaría. En el informe de primavera de Statiscal Annex of European Economy (cuadro 34) se muestra la evolución de los costes laborales unitarios en términos reales (2005 = 100). Los datos que ofrece para España y Letonia como previsiones para 2013 son prácticamente similares (94,2 y 94,0, respectivamente). Es decir, desde 2005 en ambos países se han reducido en torno a seis puntos. El caso de Irlanda sin embargo es muy diferente, la previsión para 2013 es de 102,2. No solo no han disminuido sino que se han incrementado en 2,2 puntos. No parece por tanto que la comparación del comisario sea muy afortunada. Podría quizá haberse fijado en Grecia donde los costes laborales unitarios han disminuido desde 2005 casi 15 puntos (85,8), pero no creo yo que la situación de Grecia sea precisamente para envidiar. En todo caso es triste que el comisario finlandés nos ponga como ejemplo a Letonia, país cuya renta per cápita no llega al 50% de la media de la UE.

El segundo aspecto destacable es el de la responsabilidad. Enorme responsabilidad hay, sin duda, pero no de los que rechazan bajar los salarios sino de los que han creado y apoyado esta ratonera llamada Eurozona en la que nos encontramos con un coste social y humano insostenible. El tercero y último hace referencia a la canción de Bob Dylan “Algo está pasando y hay un tal Mr. Jones que no se está enterando”. Ciertamente muchas cosas y muy graves están pasando y hay muchos misters Jones, entre ellos Olli Rehn, que no se están enterando o más bien que no se quieren enterar de que el proyecto de Unión Monetaria tal como está diseñado no tiene salida y de que los recortes fiscales o la bajada de salarios no consiguen más que empeorar la situación.

Artículo publicado en República de las Ideas

Deuda, austeridad y devastación: llegó el turno de Europa

Beatriz Martínez
Se ceba a los acreedores y se castiga a los inocentes. Susan George lamenta que los líderes de Europa se sometan al gran capital.
Al igual que la peste en el siglo XIV, el azote de la deuda ha ido migrando paulatinamente del Sur al Norte. La Yersinia pestis del siglo XXI no se propaga a través de las ratas infestadas de pulgas, sino del letal fundamentalismo neoliberal, infestado de ideología. Antes, sus adalides tenían nombres como Thatcher o Reagan; ahora suenan más bien a Merkel o Barroso. Pero el mensaje, la mentalidad y la medicina prescrita son básicamente los mismos. La devastación provocada por ambas plagas también es similar. Sin duda, se registran menos muertes relacionadas con la deuda en Europa hoy en día que en África hace tres décadas, pero seguramente se está causando un daño más permanente a lo que en su día fueron las prósperas economías europeas.

Los fieles –y más veteranos– lectores de la revista New Internationalist recordarán la temida expresión ‘ajuste estructural’. ‘Ajuste’ era el eufemismo para el paquete de recetas económicas impuestas por los ricos países acreedores del Norte a otros menos desarrollados en lo que entonces llamábamos ‘el Tercer Mundo’. Una gran parte de estos países había pedido prestado demasiado dinero para demasiados fines improductivos. A veces, los líderes se limitaban a ingresar los créditos en sus cuentas privadas (recordemos a Mobutu o Marcos) y endeudar aún más a sus países. Devolver los préstamos en pesos, reales, cedis u otras ‘monedas raras’ era inaceptable; los acreedores querían dólares, libras esterlinas y marcos alemanes.

Además, los líderes del Sur habían suscrito los préstamos a tipos de interés variable, que al principio eran bajos pero que subieron a niveles astronómicos a partir de 1981, cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos puso fin a la era del dinero barato. Cuando países como México amenazaron con no pagar la deuda, cundió el pánico entre los ministros de Economía de los países acreedores, los grandes banqueros y los burócratas internacionales, que se pasaron unos cuantos fines de semanas sin dormir, alimentándose con comida para llevar e improvisando planes de emergencia.

Plus ça change, plus c’est la même chose.* Pasadas unas décadas, aún se suceden las reuniones de crisis, esta vez en Bruselas y, pese a algunas variaciones, la respuesta es idéntica: solo consigues un rescate si te comprometes a seguir una serie de estrictas exigencias. En su día, estas se hacían eco del neoliberal ‘consenso de Washington’; ahora se denominan, más acertadamente, ‘paquetes de austeridad’, pero ambas requieren las mismas medidas. Firme aquí, por favor, con sangre.

Para el Sur, los contratos rezaban: ‘Limiten la producción de alimentos y dedíquense a cultivos comerciales rentables. Privaticen las empresas estatales y abran actividades lucrativas a las compañías transnacionales extranjeras, sobre todo en el sector de las materias primas y las industrias extractivas, la silvicultura y la pesca. Reduzcan drásticamente el crédito, y eliminen los subsidios y las prestaciones sociales. Presenten propuestas para el pago de la salud y la educación. Economicen y obtengan divisas fuertes a través del comercio. Su principal responsabilidad es para con los acreedores, no para con su pueblo’.
Ahora llegó el turno de Europa. A los países del sur de Europa y a Irlanda no se les deja de repetir: ‘Han estado viviendo por encima de sus posibilidades. Ahora les toca pagar’. Los Gobiernos aceptan órdenes dócilmente y sus ciudadanos y ciudadanas suelen asumir que deben pagar la deuda de inmediato porque la deuda de un Estado soberano es exactamente igual que la deuda de una familia. Pero no lo es; un Gobierno acumula deuda emitiendo bonos en los mercados financieros. Esos bonos son adquiridos fundamentalmente por inversores institucionales, como bancos, que reciben un pago anual de intereses: bajo cuando el riesgo de impago es bajo y alto cuando dicho riesgo también lo es. Es totalmente normal, deseable e incluso necesario que un país tenga una deuda que plantee cero problemas y que genere muchos beneficios si el dinero se invierte con prudencia y a largo plazo en actividades productivas como educación, salud, prestaciones sociales, infraestructuras sólidas y similares.

En efecto, cuanto mayor es el porcentaje de gasto público en el presupuesto de un Gobierno, más elevado es el nivel de vida y más empleos se crean, incluido en el sector privado. Esta norma se ha visto confirmada sin falta desde que se apuntó a la correlación entre la inversión pública y el bienestar nacional por primera vez, a fines del siglo XIX.

Lógicamente, el dinero prestado también se puede derrochar y gastar sin ton ni son, y los beneficios pueden repartirse injustamente. La gran diferencia entre el presupuesto de una familia y el de un Estado es que los Estados no desaparecen sin más, como una compañía en bancarrota. Las inversiones productivas y bien gestionadas que se financian con el dinero que toman prestado los Gobiernos deberían entenderse, en general, como algo bueno.

Los números mágicos
En 1992, los países europeos votaron ciegamente ‘sí’ al Tratado de Maastricht, que debido a la insistencia de Alemania incluía dos números mágicos: el 3 y el 60. Nunca dejes que tu déficit presupuestario supere el tres por ciento; nunca contraigas una deuda pública que supere el 60 por ciento de tu producto interior bruto (PIB).** ¿Por qué no el 2 o el 4 por ciento, o el 55 y el 65? Nadie lo sabe, salvo quizá algún vetusto burócrata que andaba por allí, pero estos números se han convertido en las Tablas de la Ley.

En 2010, dos famosos economistas anunciaron que, por encima del 90 por ciento del PIB, la deuda acarrearía problemas a un país y su PIB se contraería. Es algo que suena lógico porque el pago de los intereses se comería un porcentaje mayor del presupuesto. Sin embargo, en abril de 2013, un estudiante de doctorado norteamericano intentó replicar sus resultados y se encontró con que no podía. Usando las mismas cifras, obtenía un resultado positivo para el PIB, que aún seguiría aumentando en más de un dos por ciento al año. El tándem de economistas famosos –y ahora también avergonzados– tuvo que admitir que había sido víctima del Excel y que habían colocado mal una coma.

Incluso el Fondo Monetario Internacional ha confesado errores parecidos, esta vez sobre el tema de los recortes y las medidas de austeridad. Ahora sabemos –porque el Fondo ha sido lo bastante sincero como para explicárnoslo–, que los recortes perjudicarían al PIB dos o tres veces más de lo previsto en un principio. Europa debería tomárselo con calma, dice el FMI y no ‘conducir la economía pisando el freno’. El límite mágico del 60 por ciento del PIB en la deuda es ahora más sagrado que el límite del tres por ciento para el déficit; las políticas, sin embargo, siguen siendo las mismas, ya que los halcones neoliberales aprovechan cualquier atisbo de prueba dudosa que parezca promover su causa.

Nos enfrentamos a dos preguntas básicas. La primera sería por qué aumentó la deuda de los países europeos de forma tan pronunciada después de que estallara la crisis en 2007. En apenas cuatro años, entre 2006 y 2010, la deuda se disparó en más de un 75 por ciento en Gran Bretaña y Grecia, un 59 por ciento en España y una cifra récord del 276 por ciento en Irlanda, donde el Gobierno anunció que se haría responsable de todas las deudas de todos los bancos privados del país. El pueblo irlandés, por lo tanto, asumiría la falta de responsabilidad de los banqueros irlandeses. Gran Bretaña hizo lo mismo, aunque en menor medida. Los beneficios se privatizan y las pérdidas se socializan.

Así pues, los ciudadanos y las ciudadanas deben pagar por la austeridad, mientras que los banqueros y otros inversores que adquirieron los bonos del país o productos financieros tóxicos no aportan nada. Después de la crisis de 2007, el PIB de los países europeos cayó un promedio del cinco por ciento y los Gobiernos tuvieron que compensar. El incremento de los fracasos empresariales y el desempleo masivo significaban también más gastos para los Gobiernos justo en el momento en que estaban recaudando menos a través de los impuestos.

Austeridad en el sistema sanitario: privatización, muertes y concordia entre PP y CiU

 

Carles Muntaner es catedrático de Enfermería y Salud Pública de la Universidad de Toronto y miembro de GREDS/EMCONET, Universitat Pompeu Fabra.


El reciente artículo en el British Medical Journal de Helena Legido-Quigley, Laura Otero, Daniel de la Parra y colaboradorres Will austerity cuts dismantle the Spanish Health Care System?, del pasado 13 de junio) presenta datos y análisis sumamente importantes para entender hacia dónde se dirige nuestro sistema de salud.
Debido al lastre de la Transición poco modélica del franquismo a la democracia, España es un país que ya gastaba menos en salud que la media de los países europeos (ver los datos del Observatorio dirigido por Vicenç Navarro, en la UPF). Esta situación de relativa desprotección de las clases trabajadoras españolas se ha visto agravada por las políticas de “austeridad” y los recortes que han seguido a la recesión económica aún vigente.
El gran mérito de Legido-Quigley y sus colaboradores es el de haber sintetizado lo que sabemos sobre los aspectos políticos y sociales, y las consecuencias para la salud de las llamadas políticas de austeridad. Así pues, cabe señalar que la privatización y los recortes sobresalen en Madrid y Cataluña, lo que muestra una armonía básica de intereses de clase social, a pesar de la retórica nacionalista que usan ambos gobiernos. Por ejemplo, Madrid reduce su presupuesto un 10% mientras Cataluña lo hace un 7%, y ambos introducen el copago.
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Toda la verdad sobre los recortes y el control del déficit: un enfoque académico


Juan José Álvarez Sánchez (Profesor Titular de la E. U. de Informática de la Universidad de Valladolid y Presidente de ATTAC Castilla y León)

El impacto profundo que la llamada crisis económica (algunos la llamamos estafa) está teniendo en todos los segmentos sociales y productores de bienes y servicios es de todos conocido. Todos conocemos a alguien, si no es el caso de nosotros mismos, que ha sido desalojado de la dignidad de su vivienda, su trabajo o de ambos.
Menos conocidos son los argumentos de los fundamentos técnicos que avalan ese mantra constante de que hay que reducir el déficit público a toda costa a los niveles impuestos por Europa. En el presente artículo trataremos de aclarar este aspecto de forma que todo el mundo entienda hasta qué punto estamos inmersos en una crisis económica o frente a una estafa monumental.
La piedra angular de las llamadas políticas de austeridad es la relación inversa entre el déficit público y el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB); si la deuda pública de un país crece su capacidad de creación de bienes y servicios disminuye y, por tanto, disminuye su crecimiento. De hecho, existe un número mágico para la cantidad de deuda pública que un país es capaz de soportar antes de comenzar a decrecer y tener un crecimiento negativo: un déficit por encima del 90% del PIB es ese límite y emana de unos cálculos realizados por dos economistas en 2010, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, de la universidad de Harvard y que fueron publicados en la prestigiosa revista económica American Economic Review: Papers & Proceedings y, por la nada desdeñable institución americana National Bureau of Economic Research.
Pues bien, la piedra angular resulta ser inexistente. No existe número mágico ni relación causa efecto entre la deuda pública y el crecimiento del PIB. Y todo se ha desmoronado en una semana que pasará a la historia como el principio del fin de los fundamentos académicos y empíricos de las llamadas políticas de austeridad. La secuencia de hechos de esta semana de infarto ha sido la siguiente:

.- El lunes 15 de abril se publica un demoledor artículo en el Instituto de Investigación en Política Económica de la Universidad de Massachusetts Amherst (PERI) titulado “¿Puede una elevada Deuda Pública reprimir consistentemente el Crecimiento Económico? Una crítica a Reinhart y Rogoff” firmado por Thomas Herndon, Michael Ash y Robert Pollin todos ellos profesores del Departamento de Economía de la mencionada universidad .
.- El miércoles 17 de Abril Robert Pollin y Michael Ash firman también un artículo en el prestigioso periódico económico “Financial Times”con el inequívoco título “Reinhart y Rogoff están equivocados sobre la austeridad”.

Las consecuencias de este descubrimiento son claras e inapelables: las llamadas políticas de austeridad; los recortes en gasto público y servicios fundamentales como la educación y la sanidad públicas, la reducción del déficit como motivación fundamental para la implantación y desarrollo de las mencionadas políticas no tienen ningún soporte científico. Más aún, el crecimiento económico es absolutamente compatible con el déficit público. De la misma forma que una empresa se “apalanca” y tiene beneficios un país puede endeudarse por medio de la inversión pública y mantener e, incluso, aumentar su tasa de crecimiento del PIB.
Si bien los resultados del artículo de Herndon, Pollin y Ash (HPA) marcarán un antes y un después en el ámbito de la macroeconomía y las políticas públicas no es menos importante explicar al conjunto de la ciudadanía los términos en que se han refutado los resultados de Reinhart y Rogoff (RR). En términos científicos se puede concluir que los resultados de 2010 de RR son, en el mejor de los casos, incorrectos y que la metodología empleada fue, también en el mejor de los casos, una chapuza. Sorprende que dicho artículo haya sido publicado en una revista internacional ya que su irreproducibilidad conculca flagrantemente el método científico más elemental. ¿Cómo es posible que unos resultados que no se han podido reproducir hasta ahora hayan sido el referente fundamental para la aplicación de políticas económicas globales?, ¿es que no hay arbitraje por pares (científicos independientes y anónimos que cuestionan el borrador de un artículo para determinar si cumple los estándares mínimos de corrección científica) en el ámbito de la investigación en macroeconomía? Pues o bien los árbitros de las revistas mencionadas son unos ineptos o bien … en fin, ya se pueden imaginar lo fuerte que puede llegar a ser la relación entre la política y algunos académicos.
Pero veamos por qué es tan indignante, desde el punto de vista de la integridad científica lo publicado por RR.
Cuando HPA, como tantos otros economistas, intentan reproducir los cálculos de RR encuentran que, como tantos otros, no pueden. Después de hablar con RR consiguen que estos les entreguen los datos en que basaron sus estudios (y que posteriormente publican en la página web del PERI) y es entonces cuando encuentran que se han producido tres errores fundamentales en el tratamiento estadístico de los mismos más un pequeño error de transcripción de datos. Estos tres errores sostienen los resultados de RR y, sin cometerlos no se pueden obtener dichos resultados. Veamos cuáles son:

.- El primero es que Reinhart y Rogoff excluyen selectivamente años en los que había países con una alta deuda pública coincidente con crecimiento económico promedio positivo. Reinhart y Rogoff usan el periodo 1946-2009 para estudiar la relación entre la deuda pública y el crecimiento del PIB en las 20 economías más poderosas del mundo. Consiguen así una tabla de 110 datos-año (número de países multiplicado por el número de años en los que se tienen datos) para los países que tienen una ratio deuda pública/PIB por encima del 90% pero, sorprendentemente, solo toman 96 de esos años. El artículo de RR no especifica que años excluyeron ni por qué. Un análisis detallado de los datos por parte de Herndon-Ash-Pollin muestra que RR excluyeron Australia (1946-1950), Nueva Zelanda (1946-1949) y Canadá (1946-1950). Esto tiene consecuencias ya que estos países tienen una elevada deuda pública y a la vez un sólido crecimiento económico. Canadá tuvo una ratio deuda pública/PIB por encima del 90% durante el periodo excluido con un 3% de crecimiento del PIB. Nueva Zelanda tuvo una ratio deuda pública/PIB por encima del 90% durante el periodo 1946-1951. Si uno calcula el valor medio de la tasa de crecimiento para dicho periodo encuentra que es del 2.58%. Si solo se tiene en cuenta el último año, como hacen Reinhart y Rogoff, se encuentra una tasa de crecimiento de -7.6%. Esa es una gran diferencia, especialmente si consideramos cómo han ponderado los países.
.- El segundo es que usan un discutible método de ponderación de los países. Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor. Gran Bretaña tiene 19 años (1946-1964) por encima del 90% de la ratio deuda pública/PIB con un valor promedio de 2.4 % de tasa de crecimiento. Nueva Zelanda tiene un solo año en la muestra de datos por encima del 90% de la ratio deuda pública/PIB con una tasa de crecimiento de -7.6%. Estos dos números, 2.4% y -7.6% son ponderados de igual forma en el cálculo final cuando es evidente que no se pueden promediar igual. Gran Bretaña tiene 19 veces más puntos de datos que Nueva Zelanda. Reinhart y Rogoff no discuten (ni justifican) en su artículo ni esta metodología ni tampoco el hecho de que están ponderando de esta manera.
.- El tercero y más llamativo, son los errores de programación de la hoja de cálculo que excluyen países con niveles altos de deuda pública y crecimiento económico promedio positivo. Como se puede ver en la captura de la hoja de cálculo Excel de RR, se excluyen completamente del análisis cinco países: Australia, Austria, Bélgica, Canadá y Dinamarca. Reinhart y Rogoff promedian los datos en las celdas de las líneas 30 a 44 ( en el gráfico los países dentro del recuadro azul) en lugar de las líneas 30 a 49 (se dejan por debajo los cinco países mencionados).




Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿cuál es la conclusión final de Herndon, Ash y Pollin? Como se puede apreciar en la tabla adjunta ( extraída de la página 21 del artículo original de HAP ) los autores han encontrado, y citamos, que “la tasa promedio de crecimiento real del PIB para países que acarrean una ratio deuda pública/PIB por encima del 90% es realmente 2.2% y no -0.1% como pretendían Reinhart y Rogoff”. Este último valor de decrecimiento del PIB solo se alcanza cuando concurren todos los errores posibles: Ponderación + Exclusión Selectiva + Error en la Hoja de Cálculo + Transcripción.
En la mencionada tabla también se puede apreciar que el peso del error de la Hoja Excel incide con un valor de -0.3 en el crecimiento del PIB (el 14% del valor correcto) algo absolutamente inaceptable para un artículo científico medianamente serio. Pero siendo grave esto, se convierte en simplemente llamativo cuando comparamos el peso del error en la metodología estadística (Ponderación + Exclusión Selectiva) que arroja el increíble valor de -1.9 sobre el valor correcto 2.2 ( ¡más de un 86% de error! ).
Constatamos pues que la calidad científica del que ha sido el referente académico para justificar las políticas de control del déficit que están sumiendo en la miseria y la desesperación a millones de ciudadanos europeos es inexistente y que es incomprensible e inaceptable que se continúen devastando los servicios públicos de nuestro país, y por extensión de Europa, en base a criterios económicos arbitrarios, irracionales y de demostrada insensatez empírica.




ATTAC  Castilla y Leon  no se identifica necesariamente con los contenidos publicados, excepto cuando son firmados por la propia organización





Luchando contra la Hidra

Un balance de la eurocrisis 2012.

Articulo publicado en SOMO Centre for Research of Multinational Corporation.
Traducido para ATTAC España por Vicente Soria y Alberto Martínez.


2012 ha sido un año dramático para la UE. La crisis no ha podido ser controlada. Igual que con la Hidra de la mitología griega, cada vez que al monstruo le cortaban una cabeza, otra surgía inmediatamente en su lugar. Tras Grecia, se hizo evidente que la crisis bancaria española es una bomba de relojería, mientras que la economía italiana continúa estancada, igual que las de Irlanda y Portugal, con sus severos programas de austeridad. Para 2013 se vislumbra una recesión generalizada.

Antes de la Cumbre del 13-14 de diciembre, emergieron expectativas de que los parches para ir tirando podrían acabar al estarse gestando una solución definitiva. Sin embargo, la discusión sobre el ambiciosamente preparado anteproyecto y hoja de ruta para una Genuina Unión Económica y Monetaria, se ha pospuesto hasta el verano de 2013. Aparentemente, la UE no es Hércules. Parece que la compleja gobernanza, la fragmentación por los intereses nacionales y la captura corporativa hacen de esta mezcla única de estados-nación y elementos supranacionales un ente estructuralmente incapaz de resolver la crisis.

Cuando la UE recibió el Premio Nobel de la Paz en diciembre de 2012, había tres representantes subidos al podio de Oslo: el Sr. Barroso por la Comisión, el Sr. Van Rompuy por el Consejo y el Sr. Shulz por el Parlamento. Los tres habían negociado previamente todos los detalles: Barroso y Van Rompuy se repartieron la lectura del discurso de aceptación a partes iguales, mientras que a Schulz le pusieron la medalla alrededor del cuello pero no le dejaron hablar. La ceremonia fue altamente simbólica: tres instituciones celosas entre ellas, pintando la crisis de color rosa, argumentando sobre temas marginales, pero manteniendo la jerarquía entre las dos primeras y un parlamento silencioso.

La misma semana de diciembre, el servicio estadístico de la UE había publicado los últimos datos sobre pobreza en la Unión Europea: el 24,2% de ciudadanos ─119,6 millones de personas, equivalentes a un tercio de la población total─ estaban en riesgo de pobreza o exclusión social en 2011, mientras que en 2009 era el 23,5%. El 17% de los ciudadanos de la UE vive ya bajo la línea de pobreza; en España el 22% y en Grecia el 21%. En cuanto al desempleo, la tasa oficial subió del 10,4% en octubre de 2011 al 11,7% en el mismo mes de 2012. En Grecia y España el desempleo juvenil ha alcanzado la cifra del 49,3% y 48,9% respectivamente.
Las predicciones hablan de un empeoramiento de la situación para 2013. Es simplemente un acto de fe el que, bajo estas circunstancias, algunos representantes de la UE intenten hacer creer que lo peor de la crisis ha pasado. Sin embargo, esta evolución no sorprende, ya que el actual manejo de la crisis, centrado únicamente en la austeridad, está contribuyendo a su profundización. Tal como se puede observar en los países más afectados por la crisis (Grecia, Portugal e Irlanda), los ajustes estructurales de la troika (Comisión UE, BCE y FMI), que incluyen recortes del gasto social, rebajas de salarios y desmantelamiento de los servicios públicos, están debilitando la demanda interna, por lo que el crecimiento económico no podrá surgir de la trampa de la deuda.

Un programa de estimulo económico, como el prometido por el presidente Hollande durante y tras su campaña electoral, continúa siendo puramente retórico, ya que en la práctica no se ha hecho absolutamente nada. Sin embargo, a pesar de su incapacidad para regular los mercados financieros, de los cuales el euro y los gobiernos son rehenes, una de las pocas cosas que la UE llevó adelante en 2012 fue el llamado Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza o Pacto Fiscal, por el cual la austeridad está llamada a convertirse en el regla general, no solo en Grecia o Portugal, sino en todas partes.

Austeridad y sacrificios humanos para los dioses del mercado.

Margarita Mediavilla

Grupo de Energía y Dinámica de Sistemas. Universidad de Valladolid

Socia de ATTAC Castilla y León.
La actitud que está tomando el gobierno del PP respecto a los recortes da la impresión de ir más allá de una estrategia racional de ahorro. Recuerda a los peores momentos de la tradición inquisidora y parece guiada por la intención de destruir todo lo bueno que hay en la sociedad española. Da la impresión de que nos están diciendo que la sanidad pública, la educación, la atención a los dependientes, la democracia y todo lo que están recortando son “placeres profanos” que deben ser sacrificados en aras de la competitividad; igual que los devotos cristianos de antaño debían mortificarse para que sus pecados fueran perdonados.
¿Qué estamos haciendo?¿Qué nos están haciendo?¿Tiene esto alguna lógica o simplemente responde a instintos irracionales arraigados en nuestro inconsciente colectivo o incluso nuestras tradiciones religiosas?
No puedo dejar pensar que nos estamos comportando exactamente igual que los habitantes de la Isla de Pascua cuando empezaron a colapsar. Probablemente, en Pascua, cuando las lluvias empezaron a escasear y las cosechas a disminuir, los sacerdotes dijeron al pueblo que habían sido vagos y no habían construido suficientes estatuas para los dioses, que habían “vivido por encima de sus posibilidades” y los dioses les castigaban negándoles las lluvias. Por eso las mayores estatuas de piedra encontradas en la Isla fueron las construidas poco antes del colapso y muchas de ellas quedaron inacabadas.
Probablemente les dijeron que tenían que trabajar más y comer menos, como nos dicen a nosotros, pero sin olvidarse de pagar los tributos que mantienen a los sacerdotes, porque “eso agrada a los dioses”; igual que nuestros gobernantes y banqueros no cuestionan que ellos puedan bajar sus sueldos ni sus beneficios. Y probablemente los pascuenses se esforzaron mucho y obraron de buena fe para intentar detener el colapso; pero todos sus sacrificios fueron en vano, porque estaban adorando a dioses falsos, que ni eran capaces de darles las lluvias, ni de devolver la fertilidad a la tierra. Más bien todo lo contrario. Sus dioses les llevaban a destruir, a base de construir grandes estatuas de piedra, aquello que realmente les daba de comer: los bosques de palmas que atraían la lluvia y protegían los suelos.
A ver si podemos nosotros pararnos a pensar un poco antes de seguir ofreciendo sacrificios humanos sin ton ni son en esta orgia de locura colectiva. Tenemos que salir de la crisis y es verdad que no podemos hacerlo sin asumir que tenemos en gran medida la culpa de ella. Debemos ser responsables, hacer examen de conciencia entre todos, buscar en qué nos hemos equivocado y encontrar la solución cambiando nuestro comportamiento. Pero no debemos hacerlo dejándonos guiar por supersticiones, creencias en falsos mitos, o difusos sentimientos de pecado y redención, sino usando la racionalidad y percibiendo la realidad del siglo XXI.
No es difícil darse cuenta de que, en gran medida, hemos convertido a esas cosas que llamamos “competitividad”, “crecimiento” y “economía de mercado” en los mitos de nuestro tiempo, pero ¿son realmente capaces de ayudarnos, o son tan útiles para salir de esta crisis como lo eran los dioses de la Isla de Pascual para convocar la lluvia?
¿Hay soluciones a la crisis? Probablemente las hay, pero no las encontramos porque no se encuentran donde las buscamos. Probablemente nuestra sociedad no es tan distinta de la de Pascua y no es descabellado pensar que, hoy igual que antaño, la crisis está causada por la escasez de recursos naturales. A nadie se le escapa que vivimos en un planeta muy poblado en el que todos queremos aumentar nuestro consumo mientras los recursos están empezando a escasear y encarecerse de forma muy alarmante. Si esto es cierto, y cada vez hay más datos que nos muestran que lo es, intentar salir de la crisis aumentando la “competitividad” o complaciendo a los “mercados” son estrategias igual de efectivas que los sacrificios que se hacían a los dioses de la Isla de Pascua.
Mucho antes de sacrificar lo más querido a nuestros viejos mitos tenemos que preguntarnos si éstos realmente sirven para algo o se han quedado completamente obsoletos. Si los habitantes de Pascua hubieran sido capaces de ver la falsedad de sus creencias ,remontar su crisis  habría sido complicado y no exento de penalidades, pero todo el potencial humano que gastaron en mantener sus viejos dioses lo podían haber utilizado en hacer una transición efectiva y no terminar colapsando.
¿Tenemos nosotros que sacrificar nuestra sanidad, nuestra educación, nuestros derechos y nuestra democracia para salir de la crisis? En absoluto. Si nos despojamos de todo aquello que nos sobra en forma de derroche de recursos, desigualdad, privilegios, ostentación y cultura del usar y tirar, podriamos conseguir un gran caudal de energía colectiva y recursos para realizar la transición hacia una civilización realmente viable. No es lo más fundamental, como la educación o la sanidad, lo primero que tenemos que sacrificar en estos momentos, lo primero que hay que sacrificar en tiempos de crisis son nuestras viejas ideas y creencias equivocadas que no nos dejan reaccionar ante una realidad completamente nueva.

Grupo de Energia y Dinamica de Sistemas

Contexto internacional del movimiento social por una democracia real, contra la deuda y la austeridad

30 de noviembre por Jérome Duval

Es fundamental situar la movilización ejemplar del 25, 26 y 29 de septiembre en el Estado español (25S Rodea el Congreso) |1| en su contexto internacional para evaluar las tensiones sociales en curso en un número creciente de países por las mismas razones: Un déficit flagrante de democracia permitiendo la aplicación de una violenta política de austeridad, que conduce al empobrecimiento de cada vez más en nombre de una deuda en gran parte ilegítima que beneficia a unos pocos.

Contexto internacional de una lucha contra la austeridad que tiende a ser común
Poco tiempo antes, el 15 de septiembre, en Portugal, un millón de personas (el 10% de la población) - al menos medio millón en la capital - se manifestaban en todo el país, apoyadas por representantes de las fuerzas de seguridad, contra la troïka y sus funestos planes de austeridad. Frente a la mayor manifestación desde el Primero de Mayo de 1974 tras la caída de la dictadura de Salazar, el Gobierno tuvo que dar marcha atrás y retractarse de la ocurrencia de un alza de siete puntos de las contribuciones sociales (del 11% al 18%) - lo que supondría una disminución real del salario -, acompañada de una rebaja de 5,75 puntos básicos de las cargas patronales (del 23,75% al 18%) |2|. Es una victoria, aunque insuficiente, del movimiento social que da una idea de su potencial emancipador. El 29 de septiembre, cientos de miles de personas se manifestaban convocadas por la CGTP (Confederación General de Trabajadores de Portugal), principal sindicato del país. El primer ministro Passos Coelho, apodado ’el Robin Hood de los ricos’ por querer dar a los ricos lo que toma a los pobres, debía encontrar de dónde sacar dinero para respetar los objetivos de reducción del déficit público (al 4,5% del PIB en 2013) impuestos por los acreedores. Tras haber informado a la troïka, el ministro de Economía Victor Gaspar, anunciaba un aumento brutal y generalizado de los impuestos sobre la renta en 2013 que golpea de lleno a los pobres y la clase media ya duramente maltratada. ’El mismo robo con otra mano’, se resumía en el seno de la izquierda de la izquierda y de los movimientos sociales. Como respuesta, se anunció una nueva convocatoria de huelga general para el 14 de noviembre |3|.
En Italia, el sector público se declaró en huelga el 28 de septiembre contra los recortes presupuestarios del Gobierno del primer ministro Mario Monti llegado al poder sin elección en noviembre de 2011 para aplicar la austeridad. Austeridad que, según los mercados, no fue aplicada lo suficientemente rápido por su predecesor Berlusconi, enredado en sus famosos escándalos de corrupción... Llegado al poder a finales de 2011, el ex consultor de Goldman Sachs Mario Monti |4| impuso unos recortes claros de 30.000 millones de euros (decreto Salva Italia), la recesión de la economía italiana se ha acentuado mientras que los salarios de los funcionarios llevan congelados más de dos años, la tasa de paro alcanzó el 10,7% de la población activa en julio y Monti declaró por primera vez el 27 de septiembre que estaría preparado para ponerse a la cabeza del Gobierno tras las elecciones legislativas previstas para la primavera de 2013 si el escrutinio no desembocaba en una mayoría clara. Una normalización de un ejercicio del poder sin elección que echaría por tierra una democracia moribunda, dicho de otro modo, una desviación dictatorial.
En Grecia, el 26 de septiembre, el nuevo Gobierno de coalición de Antonis Samaras, sometido a la troïka (Unión Europea, BCE, FMI), vivió su primera huelga general de 24 horas, la tercera desde principios de año. El nuevo paquete de austeridad draconiano que la coalición gubernamental debía presentar a la troïka estaría a punto de ser aceptado tras más de dos meses de negociaciones. Acaba de añadirse a los otros tres planes ya adoptados por el Parlamento griego desde el principio de la crisis. Las negociaciones tropezaban, entre otras cosas, con un nuevo aumento de la edad de jubilación, a los 67 años en lugar de los 65 |5|. Grecia está conminada a economizar 11.500 millones de euros suplementarios para 2013/14 para desbloquear el próximo tramo de 31.500 millones de euros del préstamo UE-BCE-FMI de 130.000 millones de euros prometidos a Grecia en marzo. Estas medidas inicuas impuestas por los acreedores han sumido a Grecia en su quinto año consecutivo de recesión con una tasa de paro del 25% que se ha más que doblado en dos años (el 54,2% de los jóvenes entre 15 y 24 años están desempleados y el porcentaje de paro de la población activa alcanzó el 25,1% en julio de 2012). Completamente sumisa al ’diktat’ de los acreedores, la coalición en el poder espera conseguir dos años más (hasta 2016) para alcanzar los objetivos impuestos inicialmente para 2014. La nueva huelga general (la cuarta del año y la segunda contra el Gobierno actual) del 18 de octubre, coincidía con una misión de la troïka sin conseguir un acuerdo sobre las medidas de austeridad para desbloquear el siguiente tramo del préstamo.
Durante ese tiempo, el ministro de Desarrollo, Konstantinos Hatjidakis, anunció a principios de octubre que el Estado ha concedido 28,9 millones de euros para la construcción de un circuito de Fórmula 1 en el suroeste del país (en Fares). Esta obra, cuyo coste total se estima que alcance por el momento 94,6 millones de euros y que debería durar tres años, da motivos para exasperar a una población que sigue desangrándose para reembolsar una deuda en parte causada por el déficit abisal (9.000 millones de euros de déficit) generado por la inversión astronómica en los Juegos Olímpicos de 2004 |6|.

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